JL PANES
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Rodrigo de Salazar · Libro I · Enemigo sin bandera

Capítulo 6

Secuelas de guerra

El campamento se extendía sobre la loma, roto, sucio, todavía vivo. Rodrigo de Salazar lo recorrió de extremo a extremo en las primeras horas de la mañana, pisando barro endurecido, charcos que olían a hierro viejo y orina de caballo, esquivando los cuerpos de hombres que dormían donde habían caído la noche anterior, con la coraza puesta y la mano todavía crispada sobre la empuñadura, incapaces de soltarla aunque la batalla ya hubiera terminado. Granada humeaba en el fondo del valle. No como lo hace una ciudad. Como lo hace una cosa viva a la que han sacado las entrañas y aún no ha tenido tiempo de enfriarse.

La neblina del amanecer se mezclaba con el humo de los rescoldos entre las tiendas, y el resultado impregnaba la lana de los mantos con un polvo fino que no terminabas de saber si era ceniza o niebla. Respiró sin detenerse. Llevaba veinte años respirando peores cosas.

Pasó junto a los restos de la última empalizada levantada durante el asalto final. Tablones quemados a medias, clavos sueltos, una soga todavía atada a un poste con el nudo que alguien hizo deprisa y ya no desató. Más allá, en la pendiente que bajaba hacia el arroyo, dos hombres removían la tierra con azadas. Rodrigo no necesitó acercarse para saber qué cavaban.

Los estandartes de Castilla y Aragón ondeaban al viento frío de la mañana sobre los mástiles clavados en lo alto de la loma, y ondeaban con la misma indiferencia con que habían ondeado sobre otros campos. Rodrigo los miró de pasada y siguió caminando. El sonido metálico de las armas y el crujido de la madera de los carros rechinaban en el aire con una constancia que ya no sorprendía a nadie. Era el ruido de fondo de la victoria, tan monótono a su manera como el de la batalla.

Mateo lo encontró a mitad del camino entre los establos y la línea de artillería, fornido como un buey y fiel como uno, con la mandíbula partida por una cicatriz antigua que le daba a la cara el aspecto permanente de enfado. Llevaba el montante cruzado a la espalda, un cardenal morado desde la sien hasta el pómulo donde el yelmo había absorbido el golpe sin absorber del todo las consecuencias, y cojeaba levemente con la pierna derecha, torcida en un mal paso en la escalera de la torre cuando los cascotes les cayeron encima. No mencionó ninguna de las dos cosas. No le impedían cumplir.

—El capitán Fernández de Córdoba pregunta por vos —dijo—. Antes del mediodía.

—Lo sé.

Diego Quiroga llegó detrás con los ojos hundidos por tres noches sin dormir más que a ratos, y una cautela metódica curtida a fuerza de sorpresas que nunca eran buenas. Miguel Aranda cerraba el grupo, erguido y tenso, con la espalda más recta de lo que dejan los años de marcha.

Joaquín González había llegado al campamento antes del alba, con la orden de reasignación del capitán Fernández de Córdoba todavía doblada en el jubón y un paso que no necesitaba instrucciones para encontrar su sitio. Se puso a la derecha de Quiroga sin mediar palabra, y Rodrigo no tuvo que decir nada porque con Joaquín nunca hacía falta. Cargaba con un cuerpo en el que no sobraba una onza de carne y unos movimientos que más de uno había averiguado demasiado tarde lo rápidos que eran.

—Los heridos —dijo Rodrigo sin romper el paso—. ¿Están atendidos?

—Los graves, con el barbero. El resto aguanta —respondió Diego.

Rodrigo asintió y cambió de dirección hacia la enfermería de campaña.

Dos pasos antes de entrar en la tienda que hacía las veces de hospital ya le llegó el olor. Vinagre mezclado con brea, lana mojada, el agrio dulce de la sangre en cantidad suficiente para convertirse en otra cosa sin nombre preciso. Carne trabajada. Rodrigo lo conocía desde Italia, desde Nápoles, desde cada campaña donde los hombres habían tenido la mala suerte de sobrevivir lo suficiente para necesitar al barbero cirujano.

El barbero se llamaba Roque, y era un hombre de manos enormes con nudillos como nudos de roble y movimientos lentos, educados por años de oficio. Estaba de espaldas, lavando los instrumentos en un cubo de agua que ya tenía el color del óxido. La sierra de hueso, las tenazas de campo, el cauterio todavía manchado en el extremo con residuos carbonizados de tejido. No giró la cabeza al oír entrar a Rodrigo.

Sobre la tabla más alejada, cubierta con una lona doblada, yacía Hernando de Baena.

Grande como una viga maestra, terco como el granito íbero y con las manos tan callosas que más de una vez se había arrancado esquirlas de la palma sin soltar la lanza. Verlo horizontal costaba. Rodrigo necesitó un instante para ajustar la imagen.

Le habían dado aguardiente. Nunca era suficiente, pero sí bastante para que los bordes del dolor se embotaran levemente sin desaparecer del todo. El barbero había examinado la fractura múltiple de tibia y peroné a la luz de una antorcha en las primeras horas del alba, en silencio profesional. La piel de la pierna había ennegrecido con la velocidad característica de los aplastamientos profundos, esa coloración morada oscura que Roque reconoció sin necesidad de tocarla. El pulso por debajo de la rodilla no respondía al pinchazo de la aguja. El pie estaba frío como piedra de río.

El cirujano de campaña había tomado la decisión antes de que amaneciera. Hernando no había protestado, que era quizás lo más perturbador de todo.

La amputación la había hecho por debajo de la rodilla, con sierra de hueso y mano firme. La sierra era de acero fino con dientes pequeños y había que moverla despacio, muy despacio, porque el hueso resistía de un modo que no se parecía a la madera ni al cuero, tenía su propia terquedad sorda y húmeda que subía por el mango hasta la palma y el antebrazo de quien lo cortaba y que los que estuvieron presentes no olvidarían. La tibia cedió primero, con un crujido que cortó el sosiego de la madrugada como si cortara algo más que hueso. El peroné duró un poco más. El sonido era seco y mojado a la vez, rítmico, insistente, y los tres soldados que sujetaban a Hernando por los hombros y por el muslo sano habían apretado los dientes y mirado hacia otro lado.

Hernando había mordido el cuero del tahalí que le pusieron entre los dientes hasta casi partírselos. Cuando la sierra llegó al final y el barbero retiró la parte amputada en un solo movimiento limpio —la pierna entera por debajo de la articulación, con el calcetín de lana todavía puesto, tiesa ya como palo de madera—, un gemido hondo escapó de Hernando, el único sonido que hizo en todo el proceso. Más sordo que un grito y más largo. El sonido salió de lo que el pecho ya no podía retener.

Roque había cauterizado el muñón con hierro al rojo. El hedor a carne quemada llenó la tienda en el instante en que el cauterio tocó la herida abierta, dulzón y repugnante, distinto a cualquier otro, imposible de olvidar una vez olido. El vapor había salido en una bocanada fina en el aire helado, visible como el aliento, blanco contra la oscuridad de la tienda. El barbero lo había sostenido sin vacilar, sin apartar los ojos, sin que le temblara la mano.

El muñón, ya vendado con tiras apretadas de lino, tenía el diámetro de un brazo adulto. La tela estaba manchada en el centro con una rosa oscura que se había dejado de extender, lo cual era buena señal, según el barbero. El cauterio había sellado lo principal. La infección era el riesgo que todos conocían, lo que terminaba matando a quienes la sierra dejaba con vida.

Cuando Rodrigo entró, Hernando tenía los ojos abiertos y fijos en la lona del techo, los brazos a los lados del cuerpo, el izquierdo vendado desde la muñeca hasta el codo con lino ennegrecido de ungüento, rígido y caído junto al cuerpo con la inmovilidad pesada que dejan los dolores ya soportados, los músculos sin temblor y todavía sin disposición a moverse, la piel que asomaba en los bordes tirante y brillante con ese aspecto cocido que dejan las quemaduras de aceite, la mandíbula todavía tensa con el esfuerzo reciente y pasado de no gritar. Respiraba con cadencia controlada, cada inspiración un acto de voluntad, sin dejar que ninguna le saliera sola.

—Ya está hecho —dijo Roque sin que Rodrigo preguntara, secándose las manos en un trapo tan manchado que lavarlo habría sido un desperdicio de agua.

Rodrigo se acercó a la tabla y se quedó de pie junto a él. Hernando no giró la cabeza.

—Dicen que duele menos de lo que parece —dijo Hernando al fin.

Un soldado con la pierna amputada, tendido en una mesa de campaña.

—Mienten.

Hernando soltó el aire por la nariz en una exhalación larga.

—Ya lo suponía.

Guardó silencio un momento, los ojos aún en la lona.

—Sigo sintiéndola —dijo—. La que ya no está.

Rodrigo no tenía respuesta para eso. Nadie la tenía.

—Eres el hombre más bruto que he conocido en veinte años de campaña —dijo Rodrigo en cambio—. Y eso, viniendo de mí, no es poca cosa.

Algo cruzó el rostro de Hernando. No era exactamente una sonrisa. Se le parecía.

Rodrigo le puso la mano en el hombro bueno y la mantuvo ahí el tiempo necesario. Hernando cerró los ojos. No dijo nada más. Tampoco hacía falta.

En la tabla de al lado, Jaime de Cuéllar tenía los ojos cerrados.

Era un hombre ancho como una viga de roble a la que hubieran derribado, y la tabla bajo él parecía demasiado estrecha y demasiado corta. La cabeza afeitada al rape brillaba levemente con el sudor de la fiebre, y la barba cerrada, que Jaime nunca se había molestado en recortar, le daba a la cara inmóvil una gravedad que despierto era presencia y ahora, con los ojos cerrados, era otra cosa que Rodrigo prefirió no nombrar.

La herida en el costado seguía respirando por él.

Con cada exhalación, el vendaje se tensaba levemente y el vapor fino ascendía en el frío de la tienda, más lento que en la torre, más cansado, como si el cuerpo llevara horas negociando con algo que no iba a ceder. El lino estaba oscuro desde el centro hacia afuera con la mancha característica de las heridas internas, ese color que a Roque le ahorraba tiempo y al herido esperanza innecesaria. La quinta costilla, según Roque, se había hundido hacia adentro con el impacto. El pulmón derecho llevaba horas trabajando a medias, bombeando el aire con un esfuerzo que Roque oía sin levantar la venda.

Roque no había dicho nada sobre Cuéllar.

Rodrigo se acercó a Jaime. Tenía las manos a los lados del cuerpo, anchas, callosas, con los nudillos partidos de años de trabajo con armas pesadas, y ahora completamente quietas, que era lo más raro de todo porque las manos de Jaime nunca estaban quietas, siempre había algo que sujetar o revisar o ajustar, siempre había algún trabajo pequeño que hacer mientras se esperaba el trabajo grande. En la torre del noreste, mientras los demás se cubrían de la lluvia de cascotes, Jaime había estado remendando una correa rota del arnés con hilo encerado, con esa parsimonia suya que a los inexpertos les parecía lentitud. Rodrigo lo había visto hacer eso. Ahora las manos estaban quietas encima de la lona y no había nada que remendar.

Se quedó de pie junto a él lo que hizo falta. Luego le puso la mano en el hombro, igual que a Hernando. El hombro era sólido y caliente con la fiebre, demasiado caliente.

—Aguanta —dijo.

Sabía que la palabra no haría nada. La dejó dicha igualmente.

Salió de la tienda y el frío de la mañana le dio en la cara como agua, y con él llegó algo inesperado. Entre el humo y la tierra removida, un hilo tenue de dulzor que no encajaba con nada de lo que había en esa loma. Los naranjos. Alguno de los jardines en la ladera baja de Granada seguía en pie, y el viento lo traía a través de los cascotes y la ceniza.

Rodrigo lo respiró una sola vez. Luego siguió caminando.

Granada se extendía en el fondo del valle, los tejados ennegrecidos y las torres inclinadas contando en piedra la historia de una resistencia que había durado siglos y de lo que cuesta terminarla.

Rodrigo la miró durante un tiempo que no habría sabido medir. Había ciudades que se conquistaban y dejaban indiferente al conquistador, que eran solo el objetivo en el mapa y la tarea cumplida en el parte. Granada no era esa clase de ciudad. Tenía algo en los huesos de sus calles y en la piedra rojiza de su alcazaba que hacía difícil mirarla después de haberla tomado sin sentir que se ha ganado y perdido algo al mismo tiempo, aunque nadie supiera bien qué era lo perdido.

Álvaro Mendoza. El nombre volvía sin que lo llamara.

Un hombre que había servido a su lado durante el asedio, que conocía las rutas de aprovisionamiento y los turnos de guardia con una precisión que no correspondía a su rango. Eso era lo primero. Lo segundo era más difícil de articular pero no por ello menos real. En los días finales de la campaña, Mendoza había empezado a moverse de una manera que no encajaba con las órdenes que recibía.

La cosa era más sutil. Y por eso más difícil de señalar. La diferencia entre seguir una ruta porque es la asignada y seguirla mirando otras cosas mientras se recorre. Rodrigo lo había notado en el modo en que Mendoza pasaba junto a los puestos de artillería sin detenerse pero sin apartar los ojos de las piezas, contando algo que no necesitaba contar para cumplir su función. En la manera en que siempre llegaba a las reuniones de oficiales con un instante de ventaja, el instante justo para haber oído las últimas palabras de la conversación anterior sin haber sido visto llegar. En cómo conocía los nombres de los correos que llevaban los despachos al capitán Fernández de Córdoba, cosa que ninguno de su rango necesitaba saber.

Nada concreto. Nada que pudiera llevarse ante don Gonzalo y sostener con pruebas. Solo esa sensación de engranaje mal ajustado que roza lo que tiene al lado sin que nadie pueda señalar exactamente dónde, la sensación que Rodrigo había aprendido a no ignorar, porque siempre que la había ignorado había pagado después.

Y luego estaba el otro detalle, el más pequeño y por eso el más persistente. Tres días antes del asalto final, Rodrigo había visto a Mendoza detenerse junto al muro norte a la hora en que el relevo de guardia dejaba ese tramo sin vigilancia durante cuatro minutos exactos. No había hecho nada. Solo se había detenido, había mirado hacia el exterior de la ciudad, y había seguido caminando. Cuatro minutos. El tiempo suficiente para entregar algo o para recibirlo, si alguien al otro lado del muro hubiera estado esperando.

Podía no significar nada. Rodrigo llevaba días diciéndose que probablemente no significaba nada, y el problema era que después de tantos años de campaña ya no se fiaba de sus propias absoluciones.

Rodrigo apretó los labios, revolvió esos pensamientos en la mente sin llegar a ningún lugar útil, y siguió caminando hacia el corazón del campamento, donde la figura de Gonzalo Fernández de Córdoba se erguía entre sus oficiales.

El capitán Fernández de Córdoba estaba de pie frente a un grupo de oficiales que discutían la reorganización de las tropas en voz baja, midiendo cada palabra, porque todos habían visto lo que cuestan los errores. La luz del mediodía caía sobre su armadura con una claridad que hacía brillar el metal y endurecía los rasgos. A su alrededor, los oficiales callaban cuando él hablaba y hablaban con cuidado cuando él escuchaba. Gonzalo escuchaba más que hablaba. Probablemente por eso llevaba tiempo siendo el hombre al que los reyes confiaban lo que no podían confiar a nadie.

Rodrigo ajustó el yelmo bajo el brazo, tomó aire y avanzó.

Se arrodilló con la espalda recta y la mano sobre la empuñadura, la mirada fija en la figura que representaba la máxima autoridad militar de Castilla.

Gonzalo lo miró sin prisa durante el tiempo que le llevó evaluarlo, como se revisa el filo de una espada antes de confiarle algo.

—Rodrigo de Salazar —dijo al fin—. La torre del noreste ha caído. Vuestros hombres están vivos. Y vos estáis aquí, de pie, con el pergamino que encontrasteis guardado donde debía estar. —Hizo una pausa que ninguno de los oficiales presentes se atrevió a llenar—. Por esos actos, y por la manera en que los habéis ejecutado, os otorgo el grado de capitán. Llevadlo como habéis ganado el campo.

Rodrigo inclinó la cabeza. El peso de lo que acababa de recibir lo exigía.

—Y ahora, capitán Rodrigo de Salazar —continuó Gonzalo—, ¿juráis lealtad a Castilla y a sus Reyes, para servir con honor, disciplina y justicia en todas las ocasiones que la Corona lo requiera?

—Lo juro, señor —dijo Rodrigo.

Un murmullo recorrió a los oficiales presentes. Gonzalo asintió, casi imperceptiblemente.

—Que así sea. La Corona deposita su confianza en hombres como vosotros. Que vuestro ejemplo inspire a quienes todavía deben aprender qué significa el honor en el servicio.

Gonzalo bajó la voz un grado, lo suficiente para que los oficiales más cercanos dejaran de oír.

—Hay algo más, Salazar. Los carros de artillería y provisiones del asedio han de volver a Jaén. Es trabajo de escolta, no de gloria, pero alguien de confianza tiene que asegurarse de que lo que ha costado diez años llega entero. Cuando hayáis entregado la carga, presentaos ante los Reyes en Santa Fe. Os esperan.

Rodrigo se incorporó con el esfuerzo del que lleva la cota puesta desde el alba. El peso de la cota de malla se le asentó en los hombros como si llevara ahí más tiempo del que el cuerpo estaba dispuesto a tolerar. Luego el capitán Fernández de Córdoba volvió a sus oficiales, y Rodrigo dio tres pasos atrás y se retiró.

Capitán. Así que ahora eso.

Mateo y Miguel lo esperaban donde los había dejado.

—Los prisioneros —dijo Rodrigo sin detenerse—. Al centro del campamento. Que sean tratados con el respeto que corresponde y atendidos si lo necesitan. Nadie muere en nuestras manos de algo que hayamos podido evitar.

—¿Respeto? —repitió Miguel.

—El nuestro, no el suyo —dijo Rodrigo—. No somos bárbaros por haberles ganado.

—Entendido —dijo Mateo, y fue a cumplirlo sin más preguntas.

Pasaron junto a la línea de artillería ligera, donde los hombres cubiertos de hollín revisaban arcabuces y pequeñas piezas de bronce y retiraban los restos de las cargas de pólvora con el cuidado que impone haber visto lo que ocurre cuando no se tiene. La pólvora vieja impregnaba las ropas de todos ellos, acre y seca, metida en el pelo, adherida a la piel, tan asociada al oficio como el cuero o la herrería.

Rodrigo los observó de pasada. Conocía esa tarea, el orden que sigue a la destrucción, el trabajo metódico de recoger lo que queda de la guerra para poder, con el tiempo, hacer otra.

Los prisioneros eran jóvenes y viejos mezclados, con las manos atadas a la espalda y los rostros de los que han perdido sin haber decidido todavía cómo llevar esa pérdida. Al pasar algunos lo miraron con odio. Otros miraban al suelo con una ausencia vacía, sin nada que calcular porque no les quedaba nada que perder.

Rodrigo caminó entre los soldados del campamento durante la hora siguiente, observando gestos y evaluando disposiciones con ojo veterano, porque el estado moral de un ejército se lee en los pequeños detalles, cómo se sienta un hombre cuando come, cómo sostiene el arma cuando no hay nadie mirando, si tiene los ojos del presente o los del recuerdo reciente. Lo que veía era cansancio, no desmoralización.

Miguel caminaba a su derecha en silencio, atento a cuándo hablar y cuándo no. Rodrigo lo miró de reojo.

—Miguel —dijo—. En cada torre y calle de Granada hemos pagado un precio. Y aún nos queda lo que viene.

Miguel lo miró sin parpadear.

—La Corte no se parece a un campo —continuó Rodrigo—. Allí también matan. Con firmas que llegan tarde o con palabras dichas en la antecámara equivocada. Si llegáis sin saberlo, os aviso ahora.

—Señor —dijo Miguel—. ¿Y si no basta con ser rectos?

Rodrigo se detuvo en él un instante.

—Entonces más vale ser listos. Sin dejar de ser rectos.

Al caer la tarde, mientras el campamento se reorganizaba para la marcha, Rodrigo reunió a sus más cercanos y trazó la ruta hacia Jaén. Dieciséis hombres asignados por el capitán Fernández de Córdoba para la escolta de los carros, cuatro carros de artillería y provisiones, caballos revisados, alimentos cargados, pertrechos en su sitio.

—La ruta es larga y el terreno no siempre ayuda —dijo, con la vista fija en el mapa desplegado sobre la tabla improvisada—. Colinas para vigías. Barrancos para emboscadas. Diego.

Quiroga levantó los ojos del mapa.

—Vos con dos hombres adelante en el puente de piedra —dijo Rodrigo—. Nadie cruza antes de que confirméis que está limpio.

—Hecho.

Diego enrolló el mapa con los dedos, ya lo había memorizado y no necesitaba volver a mirarlo.

—Hay un vado alternativo una legua al sur del puente —dijo—. Sin camino marcado, pero practicable si el nivel del arroyo no ha subido con las lluvias. Si el puente estuviera comprometido, lo usamos.

Rodrigo lo miró un segundo. Esa clase de detalle solo lo sabe quien ha recorrido el terreno, no quien ha leído el mapa.

—Bien. Lo tenéis en cuenta.

—Y recordad —dijo Rodrigo, mirando al grupo—. En la Corte también hay enemigos. Y allí no se les ve venir.

Miguel frunció el ceño.

—¿Creéis que alguien conspira ya contra la Corona?

—Creo que alguien lleva meses conspirando —respondió Rodrigo—. Y que nosotros solo acabamos de enterarnos.

Nadie preguntó cómo lo sabía. Lo preguntarían cuando fuera el momento.

Antes de que oscureciera del todo, Rodrigo habló también con los hombres más jóvenes del grupo.

—Escuchadme bien. En la Corte, vuestro trabajo es el mismo de siempre. Ojos abiertos, boca cerrada, y si algo no huele bien, me lo decís a mí antes que a nadie.

Los soldados recogieron la orden en silencio. Rodrigo los observó y supo la diferencia entre los que lo entendían y los que solo obedecían.

Antes de retirarse a su tienda, se detuvo junto al fuego donde Mateo limpiaba la hoja del montante con un trapo y aceite de hueso. Era un ritual que hacía cada noche, sin importar el estado de la hoja, sin importar el cansancio. Rodrigo lo había visto hacerlo en Italia, en Nápoles, en Granada, siempre con los mismos gestos, el mismo silencio. Esta noche los gestos eran más lentos y Mateo entrecerraba los ojos cada vez que el resplandor de las brasas le daba de frente. Rodrigo lo notó.

—Mateo —dijo Rodrigo—. En la Corte no se pelea con acero. Se pelea con la palabra.

—Yo solo sé hacer uno de los dos —dijo Mateo, sin levantar los ojos del acero—. Espero que sea el que más falta haga.