JL PANES
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Rodrigo de Salazar · Libro I · Enemigo sin bandera

Capítulo 7

La empresa del poniente

Rodrigo aún no había entrado en su tienda. Dio una última vuelta por el perímetro. Veinte años haciéndolo y no había conseguido quitarse la costumbre. Al pasar frente a la tienda del barbero, un olor agrio y ceniciento cortaba el aire frío. El barbero seguía dentro. Su sombra se movía contra la lona con lentitud. Rodrigo se detuvo un instante. No entró. Lo que pudiera ocurrir dentro de esa tienda ya no dependía de él, y saberlo era peor que cualquier herida de la torre. Siguió caminando hacia su tienda. Afuera, el viento arrastraba todavía el olor de los rescoldos del valle.

Llevaba tres noches mirando el mismo pergamino sin avanzar. No había querido compartirlo antes de saber él mismo qué contenía. Quería medir el peligro primero. Repartirlo sin entender lo que se repartía no le servía.

Lo había intentado solo, a la luz de una única vela para no llamar la atención desde fuera de la tienda. Extendía el documento sobre el suelo de tierra compacta, lo sujetaba con dos piedras en los extremos para que no se enrollara, y lo estudiaba hasta que los ojos le ardían y los símbolos se convertían en manchas sin sentido. Luego lo guardaba, intentaba dormir, y antes de la mañana volvía a sacarlo.

Siempre el mismo punto muerto. Siempre las mismas tres líneas donde el patrón se deshacía.

Los caracteres eran una mezcla deliberadamente hostil. Letras latinas que podían ser castellano o latín o ruido puro. Cifras árabes intercaladas sin ritmo aparente. Y entre medias, grupos de signos que no pertenecían a ningún alfabeto que Rodrigo reconociera, inventados probablemente por quien lo había redactado para añadir una capa de confusión sobre la que ya había. Cada vez que creía identificar un patrón, el patrón se disolvía tres líneas más abajo. Era como intentar leer agua.

La tercera noche, cuando el campamento dormía y solo quedaban los centinelas en los extremos y el rumor lejano de Granada todavía ardiendo en algún punto que el viento no quería olvidar, Rodrigo tomó una decisión.

Llamó a Joaquín.

Lo encontró donde siempre lo encontraba a esas horas, sentado en el exterior de su tienda, la espalda apoyada en el poste y los ojos fijos en la oscuridad. Dormía mal desde la torre, y lo llevaba hacia adentro, sin ruido, sin gestos que lo delataran. Solo ese hábito de quedarse sentado en la oscuridad cuando los demás dormían, mirando algo que los demás no podían ver.

Rodrigo se sentó a su lado sin decir nada. Le tendió el documento.

Joaquín lo tomó. Lo giró a la luz del farol de guardia más cercano, lo sostuvo con las dos manos y lo estudió durante un tiempo largo sin pronunciar una sola palabra. Rodrigo esperó. Había aprendido que con Joaquín la prisa no servía de nada.

—¿De dónde viene? —preguntó al fin, sin apartar los ojos del documento.

—Compartimento oculto en la pared de la torre. Segundo piso, detrás de un bloque de sillar flojo.

—¿Alguien más lo ha leído?

—Nadie puede leerlo. Ese es el problema.

Joaquín asintió sin levantar los ojos del pliego. La llama proyectaba sombras irregulares sobre la superficie, haciendo que los símbolos parecieran moverse con cada oscilación.

—Los grupos separados por puntos son palabras —dijo al fin—. Mira la longitud: la mayoría tienen entre dos y cinco símbolos. Eso es consistente con castellano o con árabe transliterado. Los grupos de uno solo son probablemente artículos o preposiciones.

—Yo llegué hasta ahí —dijo Rodrigo—. Luego el patrón se rompe.

—El patrón no se rompe. Se dobla. —Joaquín señaló una sección en el centro—. Aquí cambia el sistema. En la primera mitad usa sustitución simple: cada símbolo equivale a una letra fija. En la segunda, añade un desplazamiento. Como si el autor hubiera decidido a mitad de la redacción que el primer sistema no era suficiente.

—¿Eso lo hace indescifrable?

—Lo hace más lento. No es lo mismo.

Trabajaron durante lo que debieron ser dos horas, aunque Rodrigo perdió la noción del tiempo antes de que pasara la primera. Joaquín había pasado años en la frontera interceptando mensajes entre plazas nazaríes, y aunque nunca se había presentado como cifrador —nunca se había presentado como nada— conocía los mecanismos porque llevaba años forzándolos bajo presión.

Empezaron por las frecuencias. Contaron cuántas veces aparecía cada símbolo en la primera mitad del texto, identificaron los tres más comunes, los compararon con las letras más frecuentes en castellano y en árabe. Construyeron una tabla de equivalencias provisional sobre un pliego en blanco, la ajustaron cuando las palabras resultantes no tenían sentido, la volvieron a ajustar. Borraron. Reescribieron. A la segunda hora, los dedos habían perdido soltura sobre la pluma y los trazos finos salían temblados. El pliego quedó cubierto de tachones y anotaciones en márgenes cada vez más estrechos, con la densidad desordenada del trabajo hecho a oscuras y con prisa.

En un momento dado Rodrigo cometió el error de apresurar una equivalencia y Joaquín lo corrigió sin levantar la voz, señalando con el dedo el símbolo en cuestión y esperando a que Rodrigo llegara él solo a la conclusión correcta. Era la manera que tenía Joaquín de enseñar, nunca decir lo que el otro puede descubrir, nunca ahorrar el trabajo que hace al hombre más capaz.

—Si fuera un cifrado militar estándar —dijo Rodrigo—, lo habría roto la primera noche.

—No es militar —respondió Joaquín—. La arquitectura es otra. Esto lo diseñó alguien formado en secretos de cancillería, no en guerra de campo. Los militares hacen códigos rápidos porque los necesitan rápidos. Esto está hecho para durar, para que alguien lo encuentre meses después y no pueda leerlo sin saber exactamente cómo buscar.

—¿Cuánto tiempo lleva alguien aprendiendo a hacer esto?

—Años. Con un maestro.

Rodrigo dejó eso reposar.

Rodrigo y Joaquín trabajan sobre un pergamino cifrado a la luz de una vela.

A medianoche, Joaquín se detuvo. Puso el dedo en una palabra del texto ya parcialmente descifrado y no lo movió. El silencio duró más de lo que debía.

—Lee esto —dijo.

Rodrigo se inclinó sobre el pliego. Las letras que Joaquín había trazado sobre la traducción decían: la empresa del poniente.

Se quedó inmóvil.

La expedición de Colón no había sido aprobada aún. Los Reyes estaban considerándola. Un proyecto conocido en ciertos círculos de la Corte, discutido en voz baja en antecámaras y pasillos, rechazado una vez ya, pendiente de una segunda audiencia que nadie sabía si llegaría. No era un secreto exactamente, pero tampoco circulaba libremente. Se trataba con la puerta cerrada, y la lista de los presentes era, en sí misma, materia reservada. Y alguien la había incluido en un documento cifrado encontrado en la torre de una ciudad recién conquistada, redactado con un sistema que solo dominaría alguien formado en inteligencia, no un escribano de campaña.

—¿Cuándo está fechado? —preguntó Rodrigo, aunque ya conocía la respuesta.

—No hay fecha explícita. Pero los eventos que menciona en la primera sección son anteriores al inicio de la campaña final. Esto se escribió hace meses. Quizás más.

Rodrigo se incorporó y dio dos pasos hacia el extremo de la tienda. Se quedó de pie mirando la lona oscura, brazos cruzados y la espalda a Joaquín, procesando lo que eso significaba.

Alguien había estado preparando el sabotaje de una expedición que aún no existía oficialmente. Lo cual solo podía significar que esa persona tenía acceso a los consejos más privados de la Corona, a conversaciones que no se registran en actas y no se transmiten por mensajero. Asuntos que solo se conocen estando presente en la sala correcta.

—Sigue —dijo Rodrigo, volviéndose.

Siguieron. La segunda mitad del texto, una vez resuelto el desplazamiento —un número primo, aplicado de manera escalonada sobre el alfabeto latino—, fue más rápida. Joaquín lo había intuido durante el análisis de la primera mitad, y cuando verificó la hipótesis en las tres primeras palabras no necesitó verificarla en las demás.

Lo que emergió del texto en las siguientes horas era una estructura, más peligrosa que cualquier mensaje con destinatario o cualquier orden ejecutable. Nombres en clave —tres de ellos, designados por letras iniciales seguidas de un número— vinculados a rutas de suministro, a fechas de reuniones del consejo, a movimientos de fondos que no aparecerían en ningún registro oficial porque habían sido diseñados para no aparecer. Era el tejido de una trama que llevaba tiempo construyéndose en silencio, sabiendo que el objetivo no iba a desaparecer.

Rodrigo copió todo en un pliego separado con letra apretada y cuidadosa, comprobando cada línea dos veces antes de pasar a la siguiente. Cuando terminó, dobló la copia en cuatro y la cosió con hilo encerado en el forro interior de su alforja, en un pliegue que no era visible a menos que se buscara expresamente.

El pergamino original lo enrolló y lo guardó contra el pecho, bajo el jubón.

Afuera, el cielo había empezado a aclararse por el este. No era amanecer todavía, pero lo sería pronto. Los centinelas relevarían en media hora.

—Esto no sale de aquí —dijo Rodrigo, con una voz tan baja que casi no era voz—. Ni una palabra. Ni a don Gonzalo.

Joaquín lo miró.

—¿Ni a don Gonzalo?

—Ni a él. Todavía no.

Hubo un silencio.

—Quien redactó esto —dijo Joaquín midiendo cada palabra— conoce la Corte desde dentro. Sabe cómo funciona, sabe qué se habla en qué sala y qué no se escribe en ningún papel. Si lo entregamos ahora, sin saber exactamente quién hay detrás de cada inicial, lo entregamos a alguien que puede ser uno de ellos.

—Exactamente.

Joaquín cerró los ojos un momento. Cuando los abrió, tenía la cara de un hombre que acaba de pisar mal.

—Esto no se monta en semanas —dijo Joaquín.

—Ni en meses —dijo Rodrigo—. Viene de antes de la campaña. Probablemente de mucho antes. Hay un nombre que me ronda desde antes del asalto. Álvaro Mendoza.

Joaquín no respondió de inmediato. El nombre quedó entre los dos como una piedra lanzada a un pozo, esperando el sonido del fondo.

—¿Pruebas?

—Nada que se pueda llevar ante nadie. Movimientos que no encajan. Presencias donde no debería haber presencias. Lo suficiente para no ignorarlo, no lo suficiente para acusarlo.

—Entonces hay que conseguirlas —dijo Joaquín.

—Por eso no sale de aquí. Todavía.

Joaquín asintió. No necesitaba que se lo explicaran mejor.

El fuego central del campamento había bajado a brasas. Rodrigo se incorporó y miró hacia el valle. Apenas se distinguía ya un hilo gris que se deshacía contra la primera claridad del este.

Habían ganado la guerra. Eso era indudable. Los estandartes de Castilla ondeaban sobre la Alhambra y el último rey nazarí había entregado las llaves con las manos temblorosas.

Aquello bajo el jubón decía que había otra guerra, sin torres que asaltar ni murallas que escalar, sin banderas visibles ni enemigos que gritaran su nombre antes de atacar. Una guerra que llevaba meses en marcha antes de que él supiera que existía. Y acababa de entrar en ella.

El sol del mediodía siguiente calentaba sin convicción cuando Mateo se acercó a Miguel con cara de problema y poca paciencia para resolverlo solo.

—Miguel. El capitán quiere que reviséis la pieza de artillería ligera que va en el segundo carro. Dice que han perdido la llave del cañón y sin ella no se puede ajustar el ánima antes del siguiente disparo. Buscadla entre los pertrechos del carro de cola y si no aparece, preguntad al artillero gordo, el de la barba partida.

Miguel asintió y se fue sin preguntar, con paso firme, agradecido de tener algo concreto que hacer. Mateo lo vio alejarse y se sentó junto a Diego, que afilaba la punta de una flecha con parsimonia.

—¿Cuánto le dais? —preguntó Mateo.

—Dos carros —dijo Diego sin levantar los ojos de la flecha.

—Yo le doy tres. El muchacho es tenaz.

Joaquín, recostado contra la rueda del primer carro con los brazos cruzados, negó con la cabeza, pero la comisura derecha lo delataba.

Miguel volvió al cabo de un rato largo, con barro en las rodillas de haber rebuscado entre cajones y el ceño fruncido, empezando a sospechar que el mundo no funciona como le habían dicho. Se plantó delante de Mateo.

—No hay ninguna llave del cañón.

—No —confirmó Mateo, masticando una brizna de hierba seca—. No la hay.

Miguel los miró uno por uno. Diego seguía afilando. Joaquín estudiaba el horizonte con una dedicación repentina. Mateo le sostuvo la mirada con la cara más inocente que su cicatriz le permitía, que no era mucha.

—El artillero gordo me ha mandado a buscar al armero. El armero me ha mandado al herrero. El herrero me ha preguntado si también quería la aguja de engrasar el viento.

—Buen hombre, ese herrero —dijo Mateo—. Siempre colabora.

Miguel apretó los labios. Algo que no era del todo enfado le cruzó la cara, luchó un instante con la dignidad, y perdió. La sonrisa le salió a su pesar, torcida.

Fue Mateo el primero. Un ruido corto, ronco, que le salió por la nariz antes de poder tragárselo. Diego soltó el aire con un temblor en los hombros que él habría negado bajo juramento. Joaquín se limitó a cerrar los ojos, pero la comisura lo delataba por segunda vez. Aranda los vio rendirse uno por uno y entonces se rio él también.

—La próxima vez —dijo Diego, recuperando la flecha— preguntad primero qué forma tiene lo que os mandan buscar. Si nadie sabe describirla, ya tenéis respuesta.

La noche del cuarto día cayó con una quietud que Rodrigo no se fiaba de creer. El fuego central ardía bajo control, protegido por piedras para que las llamas no delataran su posición a ojos distantes. Rodrigo caminaba entre los puestos de guardia, comprobando relevos, escuchando el silencio con la misma atención con que se escucha el ruido.

En uno de los extremos encontró a un soldado joven que sostenía la lanza con las manos tensas y el mentón alto, tan tieso de edad y de miedo que ambas cosas resultaban indistinguibles.

—¿Tu nombre? —preguntó Rodrigo.

—Nicolás Perea, mi señor —respondió el joven.

Rodrigo observó un momento la postura rígida. Los ojos del muchacho miraban al frente sin moverse, fijos en un punto que no existía.

—La vigilancia no es solo mirar al frente. Escucha el viento. Aprende a distinguir pasos de hojas. Y respira despacio. Si tiemblas, no oyes.

Perea se irguió aún más, con una solemnidad que en otro contexto habría resultado cómica. Rodrigo continuó la ronda.

Cerró el perímetro de guardia, comprobando que los relevos estuvieran donde debían, que los hombres de la segunda guardia estuvieran despiertos y no solo en pie, y que nadie hubiera movido las antorchas de los puntos de señal. Al pasar frente al sector norte, la tienda de Mendoza estaba a oscuras y la lona no se movía. Rodrigo la miró más de lo necesario y siguió andando. Todo en orden.

Al regresar al centro, Diego, Mateo y Miguel lo aguardaban junto a la mesa improvisada donde descansaba el mapa de ruta. Mateo afilaba el messer con movimientos lentos. Quiroga tenía los ojos en el perímetro. Aranda estaba de pie, con la quietud del que espera órdenes.

—¿Novedades? —preguntó Diego.

—Mañana —dijo Rodrigo—. Descansad mientras podáis.

Diego asintió y se volvió. Rodrigo lo detuvo antes de que diera el segundo paso.

—Si Mendoza se mueve de su tienda esta noche, quiero saberlo.

Diego lo miró algo más de lo habitual. Luego asintió y se fue.

Fue entonces cuando el centinela del perímetro dio la señal, dos silbidos cortos, sin tensión pero con urgencia. Rodrigo se levantó antes de que el eco se apagara.

—Diego, conmigo. Mateo y Miguel, mantened el centro.

Avanzaron hacia el límite del campamento con paso rápido y cauteloso, la mano en la empuñadura pero sin desenvainar, que desenvainar antes de necesitarlo es el error de los impacientes y de los muertos. La humedad de la madrugada se metía en los huesos con más constancia que el viento. Las antorchas del perímetro proyectaban sombras largas sobre el barro endurecido, y entre dos de esas sombras había una tercera que no debería estar.

Desde la arboleda distinguieron la figura, agazapada, estática, las manos visibles, los dedos separados. Rodrigo calculó la distancia, el ángulo, las salidas posibles. Diego lo había calculado ya.

—Sal a la luz —dijo Rodrigo—. Sin prisa y con las manos delante.

La figura emergió. Era un hombre de mediana edad, de complexión discreta y porte que no llamaba la atención a primera vista. A segunda vista sí. Las ropas eran de buena hechura, el tipo de discreto que cuesta dinero, que no engaña a quien ha aprendido a mirar aunque sí a quien mira sin pensar. Llevaba los dedos abiertos y quietos a los costados, una bolsa pequeña colgada al izquierdo, y caminaba sin apretar el paso ni aflojarlo.

Se detuvo a cuatro pasos. No más cerca. Eso también era información.

—Vengo en son de paz —dijo—. Traigo noticias para Rodrigo de Salazar.

Diego, que llevaba una flecha entre los dedos índice y corazón ya colocada en la cuerda del arco, hizo el gesto de tensarla. Rodrigo levantó la mano para detenerlo. Estudió al hombre un instante. Los zapatos con barro de camino reciente pero sin el desgaste de las leguas, las manos sin callos de trabajo manual, una cicatriz fina y reciente en el índice derecho que podía ser de cuchillo o de pluma según el oficio. Le faltaba la rigidez del soldado y le faltaban las manos endurecidas del campesino. Vestido y andares se acomodaban a uno y a otro sin dejar reconocer a cuál pertenecía.

—Habla.

—En la Corte circulan rumores —dijo, midiendo cada palabra—. Se cuestiona la conducta de ciertos capitanes en Granada. Hay quienes desean revisar méritos… y responsabilidades.

—¿Qué clase de revisión?

—Del tipo que no llega con previo aviso —respondió el hombre—. Del tipo que conviene conocer antes de que llegue.

Rodrigo no respondió de inmediato. Dejó que el silencio trabajara. Lo que el mensajero hiciera con él —añadir algo o sostenerlo— le diría más que cualquier respuesta calculada.

El mensajero se mantuvo, sin añadir nada.

—¿Nombres?

—Aún no. Pero se os observa. Y no todos celebran vuestra cercanía a don Gonzalo.

—¿Quién te envía?

—Alguien que prefiere mantener equilibrio antes que conflicto —fue la respuesta, sin una pausa, sin un nombre, sin nada a lo que asirse.

Rodrigo dio un paso atrás. Lo miró el tiempo de dos respiraciones, contando mentalmente todo lo que ese hombre no había dicho y cuánto de ello era deliberado.

—Regresa —dijo Rodrigo— y transmite esto: no temo revisión alguna. Cada orden dada en Granada puede sostenerse ante cualquier tribunal. Y cada hombre bajo mi mando responde por su honor.

El mensajero inclinó la cabeza apenas, acusó recibo sin comentarlo. Luego se retiró hacia la arboleda con paso regular, ni apresurado ni demasiado lento, y desapareció entre los árboles.

Rodrigo esperó hasta que el último sonido de pasos se apagó. Luego otro tanto. Diego también esperaba, la mano todavía cerca de la empuñadura.

—¿Confiáis en él? —preguntó Diego en voz baja.

—No. Pero tampoco necesitaba confiar. Necesitaba confirmar.

—¿Confirmar qué?

—Que ya nos observan. Que la Corte no ha esperado a que llegáramos.

Caminaron de vuelta al campamento sin hablar. El barro crujía bajo las botas con ese sonido particular de la tierra que ha helado por la superficie pero no por debajo, y el humo de los rescoldos se arrastraba bajo en el aire frío, pegándose a las ropas.

De vuelta en su tienda, esperó a que Diego se alejara. Tomó un pliego en blanco. El tirón del corte en el antebrazo izquierdo le recordaba que llevaba dos días sin cambiar la venda. Anotó con letra pequeña y apretada la descripción del mensajero, las manos sin callos, la cicatriz reciente en el índice derecho, la hora, las palabras exactas en el orden en que habían sido dichas. La forma en que había desaparecido.

Mañana no recordaría la mitad. El papel, sí.

Anotó también la pregunta sin respuesta, quién en la Corte tenía acceso tanto a los planes de la empresa del poniente como a los movimientos de los capitanes en Granada. Y cuánto tiempo llevaba ese alguien sabiendo que llegaría con el pergamino en la alforja.

La lista de posibilidades era demasiado larga para la hora que era. La guardó.

Al romper el campamento, los dieciséis hombres asignados a la escolta de los carros se pusieron en marcha cargando provisiones, revisando herrajes y doblando tiendas con la economía de quien lo ha hecho cien veces. Rodrigo los observaba. Ninguno hablaba más de lo que el trabajo exigía, y ninguno se detenía sin motivo. Hombres de campaña. Los había elegido a ojo entre los que quedaban en pie después del asalto final.

La carretera se estrechó entre dos laderas al reemprender la marcha, y Rodrigo colocó a sus hombres en formación defensiva sin ordenarlo en voz alta, porque en una tropa bien entrenada no hace falta. Diego fue delante con Perea y otro soldado hacia el puente de piedra, recorrió la estructura de extremo a extremo y comprobó la orilla opuesta antes de dar la señal. Perea volvió con la respiración controlada y los ojos bien abiertos, cumpliendo sin hablar, que era exactamente lo que Rodrigo le había pedido la noche anterior. El grupo cruzó. El puente era viejo y firme, con los sillares pulidos por muchas botas y la traza todavía recta después de siglos.

Cuando el sol subió, divisaron una pequeña aldea en la distancia. Rodrigo ordenó acercarse con cautela y envió dos hombres por delante, que volvieron sin sorpresas. Puertas medio cerradas, ojos asomados sin abrirse, comida disponible para quien la pidiera primero. Los habitantes ofrecieron pan y aceite. Rodrigo aceptó, sacó unas monedas del jubón y las dejó en la mano del hombre de la aldea antes de que el hombre supiera si debía abrirla.

El pan era duro y el aceite tenía el regusto agrio de lo poco que queda cuando el resto ya se ha vendido o escondido. Lo comió sin comentarios.

Miguel observó a una mujer que recogía agua del pozo con un niño agarrado a la falda. Miraba al grupo de soldados con una quietud tensa, calculando si lo que venía era peor que lo que ya conocían. El niño no calculaba nada, miraba las espadas con los ojos abiertos de par en par.

—No tenía que pagar —dijo Miguel a Mateo, en voz baja—. Nadie se lo habría reprochado.

—Él sí —dijo Mateo, masticando el pan duro con la misma cara de siempre— . Lleva veinte años pagando lo que come. No iba a empezar hoy.

Miguel no respondió. Pero Rodrigo, que había oído sin girar la cabeza, registró que el muchacho seguía mirando a la mujer mientras el grupo retomaba la marcha, guardando algo que todavía no sabía dónde poner.

Rodrigo inspeccionó cada rincón con mirada de hombre que sabe lo que busca, puertas entornadas, ojos que se desvían demasiado pronto, movimientos que no corresponden a la hora. No encontró nada que no fuera miedo y alivio ordinario, los dos estados habituales en la frontera de cualquier guerra.

La noche llegó de nuevo con tranquilidad sobre el claro donde habían acampado. Rodrigo montó guardia junto a Diego durante la primera mitad de la noche, con la mente ocupada en cosas que el silencio no conseguía callar. La madrugada apretaba húmeda en las articulaciones. Rodrigo lo notó en la rodilla izquierda, que llevaba diciéndole la edad que tenía desde una caída en Nápoles. La ignoró. Llevaba años haciéndolo.

La noche avanzó sin nuevos incidentes y dejó paso a la primera luz, que llegó envuelta en una bruma tenue. Granada quedaba ya a varias horas de camino a espaldas del grupo pero seguía estando presente de alguna manera: en el olor que el viento traía a ratos, en la ceniza que se asentaba sobre las piedras del camino, en la memoria de cada hombre que había estado en sus calles durante el asedio y que llevaría esas calles consigo durante años sin haberlo pedido.

Rodrigo inspeccionó los preparativos finales de la marcha. Las alforjas bien equilibradas para que el caballo no cargue un costado más que el otro. Los caballos herrados sin cojera visible, los cascos revisados por debajo con el pulgar buscando piedras encajadas que a la legua se convierten en cojera y a las dos leguas en animal inútil. Las armas accesibles sin estorbar. Cada detalle en su sitio.