«En Granada, el enemigo alzaba banderas. Aquí no hay banderas. Solo papeles.»
Enero de 1492. Mientras las últimas torres del reino nazarí caen bajo el fuego de las bombardas castellanas, el capitán Rodrigo de Salazar y sus hombres descubren un pergamino que no debería existir. La Corona lo reclama. Obligado a obedecer, Rodrigo acepta una misión que la reina Isabel firmará sin testigos: desmantelar una conjura letal dispuesta a ahogar la Empresa del Poniente de Cristóbal Colón antes de zarpar. Ese pergamino cifrado lo llevará desde los archivos de Sevilla hasta los muelles de Palos. Allí comprenderá que su enemigo no busca la batalla abierta, sino la erosión paciente, la traición silenciosa, el golpe dado desde dentro. Frente a él, un enemigo sin rostro: una red pagada con oro genovés que envenena suministros, falsifica documentos y firma cada golpe antes de desaparecer. Su única defensa, una carta real lacrada.
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