← Volver
Rodrigo de Salazar · Libro I · Enemigo sin bandera

Capítulo 1

Fuego sobre Granada

Granada no ardía con belleza: ardía con la ferocidad torpe de todo lo que no quiere morir. Sobre la ciudad no había oscuridad plena sino una claridad roja y temblorosa, rasgada por los fogonazos de las bombardas castellanas y por el fulgor parásito de los incendios dispersos. El aire cargaba un polvo áspero que se pegaba a la lengua y a los párpados, con ese olor de yeso quemado y madera vieja reducida a brasa. Bajo aquel cielo sin estrellas, la ciudad agonizaba.

Rodrigo de Salazar avanzaba al frente de cinco hombres por una calle que descendía en pendiente hacia el sector oriental de la muralla interior. Las botas crujían sobre cascotes, fragmentos de cerámica y algo que podía ser hueso o madera y que nadie se detuvo a comprobar. Llevaba la espada desnuda en la mano derecha y el arcabuz terciado a la espalda, la mecha protegida del viento con un capuchón de cuero. Bajo el morrión, un rostro concentrado y severo, apenas iluminado por los reflejos anaranjados del fuego. Cuarenta años, castellano de Medina del Campo, y veinte de ellos gastados al servicio de la Corona en campañas que habían dejado su contabilidad en la piel: una cicatriz antigua le cruzaba la mejilla izquierda desde el pómulo hasta la línea de la barba, y otras menores le marcaban el dorso de las manos como un registro que solo él sabía leer. Tenía la complexión fibrosa, curtida más por el hambre y la marcha que por el ejercicio, los hombros quietos, sin un gesto de más, y esa forma de mirar las esquinas antes que las caras que distingue al veterano del soldado. Había entrado en Granada con grado de alférez al mando de una compañía de reconocimiento, con órdenes de evaluar las brechas en el lienzo oriental y no comprometer fuerzas. Lo primero lo cumpliría. Lo segundo dependía de lo que encontrase.

Levantó el puño izquierdo sin volverse. Los pasos detrás cesaron.

Diego Quiroga se adelantó hasta su hombro derecho sin que nadie se lo pidiera. Gastaba poco el gesto y mucho el ojo, y lo tenía fijo en el callejón que se abría a la izquierda, con una flecha entre los dedos y la respiración contenida, las yemas leyendo el viento por costumbre más que por cálculo. Asomó medio cuerpo por la esquina. Retrocedió. Dos dedos hacia abajo. El grupo aflojó un grado.

Rodrigo abrió la mano hacia la pared de la derecha y echó a andar. Los hombres se distribuyeron detrás en fila, hombro contra la piedra, sin necesidad de que nadie explicara lo que llevaban años haciendo juntos.

A veinte pasos encontraron el primer cuerpo. Un defensor nazarí tendido boca abajo en el centro de la calle, con los brazos en cruz y los labios entreabiertos en una expresión que ya no era de nada. Llevaba horas muerto: la sangre bajo el pecho se había oscurecido hasta formar una costra que brillaba como lacre mojado. Hernando de Baena, que cerraba el flanco izquierdo con la rodela embrazada, lo miró al pasar —posición de las heridas, dirección de la caída, calibre probable del arma— y volvió a escudriñar las azoteas. Andaluz que llevaba la frontera en los ojos y los años en la piel, hacía tiempo que no esperaba que los tejados le deparasen sorpresas, pero seguía mirándolos, porque hacía veinte años que sus ojos iban a las azoteas antes que a las caras y no iban a dejar de hacerlo esa noche.

Miguel Aranda no miró al muerto. Clavó los ojos al frente con una concentración excesiva, forzada, para no ver lo que tenía a los pies. Tenía el bozo sin asentar y el pulso igualmente verde, sostenía el arcabuz con manos cuyo temblor no alcanzaba a justificar del todo el frío nocturno. Al rodear el cuerpo, su bota derecha enganchó un trozo de sillar suelto y lo arrastró medio palmo sobre las losas. El chirrido recorrió la calle de fachada a fachada.

Rodrigo no se volvió.

Mateo Carvajal sí. Segoviano de rostro cuadrado, remendado a golpes, y una fe ciega en haber sobrevivido para contarlos. Cargaba un montante a la espalda y un messer largo al cinto, de un solo filo y empuñadura de madera, botín de un lansquenete muerto en Nápoles, porque Mateo siempre había preferido llevar encima lo necesario para matar a cualquier distancia que el brazo alcanzase. Agarró a Miguel por el cogote del jubón, le recolocó los pies en la línea de avance y lo soltó sin palabras. La presión de aquellos dedos era un vocabulario completo: «mira cuándo, dónde y cómo pisas». Miguel tragó saliva y corrigió la pisada. El rubor le subió por la nuca, pero nadie lo vio en la oscuridad.

Avanzaron otros cuarenta pasos. Una casa ardía por el costado este, con un crepitar manso que no correspondía a la violencia de las llamas: el fuego lamía las vigas del segundo piso viga a viga, sin prisa. El calor llegaba hasta la pared opuesta y secaba el sudor en la cara al instante de formarse. Rodrigo señaló a Diego el portal contiguo al incendio —ángulo muerto, posible emboscada—. Diego lo cubrió con el arco tensado mientras el grupo lo rebasaba. Nadie salió. Nadie disparó. El portal estaba vacío salvo por un jergón quemado a medias y un cuenco de barro volcado en el umbral, los restos de una vida que ya no estaba allí.

Una bombarda retumbó en algún punto del cerco y el eco rodó entre las callejas hasta llegar amortiguado y sucio. Rodrigo levantó el puño. Los cinco se dispersaron sin que el brazo terminara de subir: Mateo se pegó a un portal derruido, el resto contra la pared.

Jaime de Cuéllar, ancho como un buey y de igual elocuencia, apoyó la maza contra el suelo despacio, sin hacer ruido. Se colocó a la espalda de Rodrigo cubriendo la retaguardia. Jaime siempre cubría lo que nadie le pedía; no concebía otra forma de estar en un sitio.

Rodrigo alzó la vista hacia los tejados. Entre dos almenas quebradas creyó advertir movimiento.

—Sombras a la izquierda —murmuró—. Diego, atento. Miguel, rodilla en tierra. No disparéis hasta que yo lo ordene.

El silbido llegó sin dar tiempo a obedecer. Una saeta descendió y se clavó con un golpe seco en el escudo de Hernando, otra levantó chispas en la piedra a medio palmo de la bota de Miguel.

Una tercera, que nadie había visto venir porque llegaba de un ángulo distinto al de las otras dos, silbó entre Jaime y Rodrigo y fue a incrustarse en el quicio de una puerta a dos varas con el astil todavía vibrando: tres dedos más a la derecha y habría entrado por el costado de Jaime como una lezna en cuero mojado. Rodrigo registró el ángulo sin girar la cabeza: dos posiciones de tiro, no una.

Jaime miró la vara que temblaba en la madera. La examinó un momento, calibrándolo con los pulgares como si tasara madera en un mercado, y luego la partió en dos con las manos. Sin esfuerzo. Dejó los trozos caer al suelo sin comentario.

—Podría haberos atravesado —dijo Miguel. La voz le salió rota.

—Podría no es lo mismo —respondió Jaime—. Cuando lo sea, ya no podrá importarme.

—Ahora —dijo Rodrigo.

Miguel prendió la mecha del arcabuz de Rodrigo con torpeza eficaz. Rodrigo alzó el cañón, apuntó a la silueta recortada sobre el fondo rojizo y disparó. El estampido rebotó entre los muros estrechos sin encontrar salida. La figura se dobló sobre sí misma y desapareció tras la almena; un desplome sin aviso, las piernas cediendo sin que el cuerpo supiera por qué, y desde abajo solo se vio la oscilación de las ropas por encima del sillar antes de que la quietud lo cubriese todo. De la segunda posición no llegó respuesta. Quien ocupase aquel ángulo había visto caer al compañero y había decidido que esa noche ya había cumplido.

La humareda blanca se arremolinó en torno a ellos; Rodrigo la aspiró, notó el escozor conocido en la garganta, y habló sin perder firmeza.

—Avanzad pegados a la pared. No miréis donde cae el fuego, sino de dónde nace.

Cruzaron el tramo expuesto bajo una lluvia dispersa de proyectiles. Un fragmento de teja cayó y le golpeó el hombro a Mateo con contundencia. Gruñó entre dientes y no se detuvo. El estruendo de las bombardas marcaba el ritmo del asedio, y cada impacto contra la muralla principal hacía vibrar el suelo y la piedra misma parecía estar considerando rendirse.

Rodrigo conocía aquella parte de la ciudad por informes y croquis trazados a la luz de una vela en el campamento. Sabía que el tramo oriental presentaba fisuras visibles. Su misión oficial era reconocer el estado de la brecha y retirarse antes de comprometer fuerzas. Nada más.

Llegaron a una pequeña plazuela donde una fuente octogonal yacía rota. El agua brotaba aún débilmente de una grieta y se mezclaba con ceniza y sangre formando un reguero oscuro. Rodrigo se arrodilló, tocó el suelo húmedo y frotó la humedad entre los dedos. Olía a hierro húmedo y frío.

—Han pasado por aquí hace menos de media hora —dijo.

—¿Cuántos? —preguntó Hernando.

—Suficientes para creer que nos aguardan.

Se incorporó y avanzó hasta el arco que daba acceso directo a la muralla interior. Allí, entre el humo y los reflejos anaranjados, la vio: la grieta vertical que hendía el lienzo de piedra desde la base hasta el adarve, no brecha abierta pero sí herida profunda, con la argamasa alrededor desmoronándose en polvo pálido bajo su propio peso.

Rodrigo sintió un latido distinto en el pecho. No de miedo.

—Mirad bien —dijo a sus hombres—. La argamasa está cediendo. Las bombardas han hecho su oficio.

Mateo frunció el ceño.

—Pero la orden era observar y volver.

Rodrigo no respondió. Recorrió la grieta con la atención del artesano que tasa la pieza antes de tocarla, calculando ángulos, tensiones, la probable distribución del peso. No era ingeniero, pero había visto caer suficientes muros para saber por dónde empezaban a quejarse antes de partirse.

Una explosión cercana sacudió el arco bajo el que se protegían. Polvo y fragmentos descendieron sobre sus hombros.

—Señor, esto se viene abajo —dijo Miguel, y se atragantó con la última sílaba.

Rodrigo lo miró.

—Tú aguanta, Miguel. El arco no es asunto tuyo.

Desde lo alto de la muralla, unos ojos los seguían. Yusuf al-Hakim tenía la frente alta y la paciencia estratégica más alta aún, y se inclinó levemente sobre el parapeto. No le quedaba nada que perder, y lo sabía. A su lado, Hamid ibn Faray gastaba tan poco los labios como las palabras.

—¿Ordenamos hostigarles con más flechas? —preguntó Hamid en árabe.

Yusuf negó con lentitud.

—Ese no es un alférez ordinario —dijo Yusuf sin apartar los ojos—. Mira cómo examina la piedra. Esperemos a ver hasta dónde llega.

Abajo, Rodrigo sintió, sin razón que pudiese nombrar, el peso de una mirada sobre la nuca. Alzó la vista. Solo vio sombras y humo.

El viento cambió de dirección y empujó el humo hacia la plazuela, envolviéndolos en una bruma acre que raspaba la garganta y cerraba los párpados por instinto. Rodrigo se cubrió la boca con el antebrazo y retrocedió dos pasos hasta quedar bajo el amparo del arco.

—No permanecerán quietos —dijo en voz baja—. Si han visto nuestra posición, intentarán rechazarnos para que no informemos.

—Entonces cumplamos la orden y volvamos —insistió Mateo—. No somos más que seis.

Rodrigo no contestó de inmediato. Desde la grieta en la muralla le llegaba el sonido inconfundible de madera arrastrándose sobre piedra, de martillos apresurados, de hombres que refuerzan una herida para que no se convierta en amputación. Los defensores trabajaban deprisa.

Rodrigo escuchó los martillos un instante más. Luego apartó los ojos de la grieta y los puso en sus hombres.

Diego le tocó el hombro sin darle tiempo a pronunciar palabra. Un gesto corto, dos dedos, hacia la retaguardia. Rodrigo giró con la espada en alto y los hombres se abrieron en abanico contra las paredes, apuntando al callejón por donde habían venido. Mateo se plantó delante de Miguel y le empujó el cañón del arcabuz hacia abajo con la palma abierta: no dispares hasta saber a qué.

Los pasos resonaron en la calle. Firmes, regulares, sin intención de ocultarse. Un destello de acero entre la bruma, luego la silueta.

Rodrigo bajó la espada.

—Es Montijo —dijo.

Mateo no bajó la suya hasta verlo con sus propios ojos.

El capitán Alonso de Montijo emergió del humo con cuatro soldados detrás y la cara larga tiznada de hollín. Tenía los ojos claros encendidos, la mandíbula adelantada y las manos lejos de la empuñadura, sin necesitar la espada para imponer lo que venía a decir. Se plantó bajo el arco, miró a los cinco hombres de Rodrigo apostados contra las paredes y después la calle a sus espaldas, calculando el terreno que habían recorrido más allá de la posición asignada.

—¿Qué hacéis aún aquí, Salazar? —La pregunta cortó el aire como un filo romo—. Se os ordenó reconocer y regresar al campamento.

Rodrigo inclinó la cabeza lo justo.

—Mi capitán, hemos confirmado la grieta en el tramo oriental. Es más profunda de lo que indicaban los informes. Si se presiona ahora, podría ceder por completo.

Montijo no dijo nada de inmediato. Se acercó al borde del arco y examinó la muralla. La grieta era visible desde allí, hendiendo el lienzo de piedra con la verticalidad de una sentencia. La argamasa se desmoronaba y el apuntalamiento de los defensores asomaba por el borde superior, tosco, apresurado, hecho con lo que hubiera a mano y con la prisa de lo que no va a aguantar. Rodrigo lo vio mirarla. Lo vio evaluar lo que tenía delante con la mirada del soldado competente que Montijo era, porque Rodrigo nunca había dudado de su competencia. Solo de su voluntad.

El silencio entre ambos fue denso, atravesado solo por el retumbar lejano de las bombardas.

—Las piezas mayores están destinadas a este sector al alba —dijo Montijo al fin—. No arriesgaré hombres en un arrebato nocturno.

«Arrebato. Como si el juicio fuese capricho».

—No hablo de arrebato, señor —respondió Rodrigo sin levantar la voz—. Hablo de oportunidad. Están reforzando la grieta ahora mismo. Si esperamos hasta el alba, perderemos la ventaja que la artillería nos ha concedido.

—La ventaja la decido yo, no vos.

—La ventaja la están perdiendo ellos esta noche, mi capitán. Mañana ya no será nuestra.

Montijo cerró la boca con fuerza. Le sostuvo la mirada a Rodrigo más tiempo del necesario. Al final tragó saliva y apretó la mandíbula.

—¿Me enseñáis mi oficio? —Montijo avanzó medio paso.

—Jamás, señor. Solo cumplo con el deber de informar lo que mis ojos ven.

Ninguno de los presentes intervino. Detrás de Rodrigo, Diego seguía con los ojos en la grieta, midiendo el ritmo de los martillos al otro lado del muro. Mateo tenía la mano en la empuñadura y los dientes apretados sobre lo que no iba a decir.

Rodrigo había sido educado en la obediencia a la jerarquía. Sabía que la disciplina sostenía ejércitos y evitaba el caos. Pero también sabía —porque lo había visto en Loja y en Íllora— cuántos cuerpos se quedaban en el suelo por cinco minutos de duda.

«¿Y si me equivoco?»

Montijo habló de nuevo, cortando el recuerdo.

—Retirada inmediata. No quiero más bajas inútiles esta noche.

Rodrigo asintió… y en ese mismo instante un bloque de madera fue izado sobre lo alto del muro y encajado con prisa en la grieta. El golpe seco fue inequívoco.

—Escuchad, señor —dijo Diego sin apartar los ojos de la grieta—. Están apuntalando. Si refuerzan el interior, mañana necesitaremos el doble de fuego para quebrarlo.

Montijo vaciló apenas un segundo. Fue suficiente.

—He dado una orden —dijo Montijo. La voz no subió. No hacía falta.

Aquella frase cayó como un mazo. Rodrigo comprendió que la decisión, si se tomaba, sería exclusivamente suya. Miró a sus hombres. Vio miedo, sí, pero también manos apretadas sobre las armas y pies orientados hacia la brecha.

—Diego —su voz cortó el humo—, cubre la izquierda. Miguel, prepara fuego. Jaime, trae la maza.

Montijo dio un paso adelante.

—¡Rodrigo de Salazar! Eso es insubordinación.

Rodrigo no apartó los ojos.

—Es responsabilidad, mi capitán.

Y salió del amparo del arco y avanzó hacia la base de la muralla.

Durante un latido eterno, Rodrigo esperó la orden de arresto. No llegó. A sus espaldas, la voz de Montijo:

—Maldita sea. Seguidlos. Y que Dios nos juzgue a todos —escupió Montijo entre dientes.

Los soldados del capitán corrieron tras Rodrigo.

Desde lo alto de la muralla, Yusuf se inclinó sobre el parapeto.

—Ha desobedecido —dijo Yusuf sin apartar los ojos del castellano.

—Eso lo hace peligroso —respondió Hamid.

—O valioso —replicó Yusuf—. Ese, al otro lado del muro, acaba de desobedecer al suyo y de tomar la grieta. Tú quédate aquí y observa, Hamid. Si caigo, quiero que alguien recuerde lo que vio.

Abajo, Rodrigo alcanzó la grieta. La piedra estaba caliente por los impactos recientes; la argamasa se desmoronaba al tacto como cal mal amasada.

Los soldados de Montijo habían traído cuatro arcabuces. Rodrigo los distribuyó en abanico frente a la grieta, con Miguel y Diego cubriendo el adarve.

—Disparad a todo el que asome por encima del lienzo —ordenó.

Los arcabuces tronaron. Dos defensores que intentaban asegurar el apuntalamiento cayeron hacia el interior del muro.

Jaime descargó el primer golpe de maza. El impacto resonó entre los sillares como un tambor de guerra, polvo y fragmentos saltaron en todas direcciones.

Desde lo alto comenzaron a caer piedras y aceite hirviente.

El barril golpeó el suelo un paso delante de Hernando y reventó con el estallido sordo de la madera que cede por impacto y no por rotura limpia. El aceite hirviente se abrió en abanico desde el punto de impacto: no una sola dirección sino todas a la vez, el líquido pesado y oscuro extendiéndose por las losas con la velocidad de algo que ha estado bajo presión y encuentra salida de golpe.

Alcanzó el antebrazo izquierdo de Hernando desde la muñeca hasta el codo.

El grito fue animal, arrancado por el cuerpo sin que la voluntad pudiera suprimirlo, y le siguió un segundo más largo y más ronco, el que sale cuando el dolor todavía está subiendo y el cuerpo no sabe cuánto queda por llegar. Hernando apretó los dientes hasta que le crujió la mandíbula y el tercer grito se quedó dentro, convertido en un gemido sordo que le salía por la nariz con cada respiración. La piel se contrajo primero y al instante se levantó en una ampolla larga, desde la muñeca hasta el codo, pálida y tensa como cuero puesto a secar demasiado rápido. El borde de la quemadura era irregular, más oscuro donde el aceite había llegado primero y con más temperatura, más rosado donde había llegado ya enfriándose, y en el frío de la noche del tejido dañado subía un vaho fino y acre, el calor del cuerpo escapando por donde ya no había piel que lo retuviera.

Hernando bajó los ojos al brazo y midió cuánto le quedaba útil del codo a la muñeca. El cuerpo le dosificaba el dolor en plazos que permitían seguir de pie. La cara no se le movía porque no podía permitirse moverse. Lo elevó, comprobó que los dedos respondían —respondían, aunque con la rigidez nueva de los tendones que el calor había tocado por encima— y siguió sosteniendo la espada con la mano buena.

—Hernando —dijo Rodrigo.

—Funciona —respondió sin apartar los ojos del frente.

El aceite que había quedado en el suelo ardía todavía en charcos pequeños e irregulares, azul en los bordes y amarillo en el centro, y la luz que daban era insuficiente y caprichosa, iluminando las caras desde abajo con una claridad que hacía los rasgos irreconocibles. El olor era el de la grasa animal quemada mezclado con algo más dulce y más difícil de nombrar que venía del propio brazo de Hernando y que Rodrigo reconoció sin querer reconocerlo.

Siguieron avanzando.

Rodrigo notó el calor rozarle la nuca. Cada segundo aumentaba la probabilidad de que un contingente mayor descendiese sobre ellos. Pensó fugazmente en el consejo de guerra, en la humillación pública, en la posibilidad de perder nombre y honra. Luego apartó tales imágenes.

Mientras Jaime descargaba golpe tras golpe, Rodrigo recargó el arcabuz sin mirar las manos: pólvora, baqueta, pelota, cebar la cazoleta. La mecha seguía viva.

—¡Otra vez! —ordenó Rodrigo.

Jaime golpeó con furia redoblada. Un bloque se movió. Diego disparó de nuevo, cubriendo la parte superior.

Miguel recargó el arcabuz y Diego tensó otra flecha a cubierto, mientras el polvo de los sillares les caía encima.

La muralla crujió.

Un crujido hondo. Parte del lienzo cedió. La grieta se abrió lo suficiente para permitir el paso de un hombre. Montijo se apostó a un lado de la brecha con sus hombres, cubriendo el acceso desde fuera.

Rodrigo no dudó.

—¡Conmigo!

Y fue el primero en internarse en la herida de piedra.

El interior del muro era un vientre de polvo y oscuridad. La caída de los sillares había levantado una nube espesa que raspaba la garganta y cegaba los ojos. El pasadizo conducía a una escalera de caracol que ascendía hacia el adarve; la piedra sudaba humedad por los costados y el polvo flotaba en el aire sin ningún sitio adónde ir. Rodrigo avanzó encorvado, la espada rozando la pared de la derecha, los pies buscando cada peldaño antes de cargar el peso. Algo se movió abajo, entre los escombros: el arañazo rápido de uñas sobre piedra, demasiado ligero para ser un hombre y demasiado urgente para ser uno solo. Ratas.

No se veía nada salvo el resplandor cobrizo que bajaba desde lo alto en destellos irregulares. Detrás de él, Jaime, Mateo, Diego, Hernando, Miguel, en fila, en silencio, respirando por la boca para no hacer ruido, como si penetrasen en las entrañas de una bestia que aún no había terminado de decidir si estaba muerta. Hernando subía con el brazo izquierdo pegado al pecho y el derecho contra la pared, torciendo el cuerpo en cada peldaño para que el antebrazo quemado no rozase la piedra. En dos ocasiones no lo consiguió. La primera vez soltó un jadeo corto entre los dientes; la segunda, nada, porque el dolor ya había dejado de sorprenderlo.

Apenas habían subido tres peldaños cuando una figura surgió desde lo alto con un grito en árabe. La cimitarra descendió con el peso del brazo completo detrás: un golpe de carnicero, no de esgrima. El que busca que el otro deje de estar en pie.

Rodrigo se apartó por instinto, encogiendo el hombro derecho contra el pecho. El filo rozó la hombrera con un chirrido corto y arrancó una chispa que la negrura tragó de inmediato. Sintió el impacto vibrar por la hombrera hasta el hueso: la presión llegó primero, plana, y el cuerpo registraba el golpe antes de decidir si le importaba. Respondió con un tajo lateral, ciego, calculado por el sonido más que por la vista, que obligó al atacante a retroceder un peldaño y detuvo el segundo golpe en el gesto.

El defensor retrocedió otro paso, la cimitarra buscando espacio para un segundo arco. Rodrigo lo siguió sin dejarlo respirar, subiendo peldaños con la espada adelantada, sin espacio para más técnica que empujar y cubrir. La escalera no permitía otra cosa: el muro le rozaba el hombro izquierdo, el eje central le robaba el derecho, y entre ambos quedaba el ancho justo de un cuerpo.

Salieron al rellano casi a la vez.

El espacio se abrió apenas lo suficiente para que cupieran dos hombres de frente. El defensor aprovechó para plantar los pies y levantar la cimitarra con ambas manos, dispuesto a hacer de aquel hueco su línea de defensa. Rodrigo lo leyó en la postura y se adelantó al arco descendente, presionándolo con un golpe corto que le trabó la hoja contra la pared.

Jaime salió de la escalera detrás de él. No pidió sitio; lo ocupó.

Alzó la maza y la descargó sobre el antebrazo del defensor sin retroceso previo, sin aviso, el arco mínimo que el rellano permitía. El golpe conectó en mitad del antebrazo con un chasquido húmedo y seco a la vez, el sonido que hace el hueso cuando cede de golpe en lugar de doblarse, que se quedó suspendido un instante en el aire del rellano antes de extinguirse. El brazo roto, libre ya del control del hueso, colgaba en un ángulo que el brazo no tiene: sostenido apenas por los tendones y la manga mojada de sangre oscura que bajaba rápido por los dedos y goteaba en la piedra del rellano, oscilando con cada movimiento del cuerpo como algo que ya no pertenecía del todo al hombre al que estaba unido.

La cimitarra cayó y resonó en la piedra.

El hombre intentó retroceder con el alarido todavía en la garganta, un sonido que había dejado de ser humano, la respuesta pura del cuerpo a algo que no debería poder ocurrirle, pero el muro le cerraba la espalda. Rodrigo le hundió la espada entre las costillas del costado izquierdo, donde el brazo roto ya no protegía nada, empujando hacia adentro y ligeramente hacia arriba, buscando el pulmón, que era lo que se alcanzaba desde ese ángulo porque el corazón quedaba más protegido tras el esternón. El acero entró con la resistencia propia de la carne compacta del pecho —ni cuero ni madera, algo intermedio y más denso—, y Rodrigo sintió el momento exacto en que el filo atravesó algo blando dentro del pecho: una cesión súbita, casi imperceptible, seguida de calor en la empuñadura.

El cuerpo se tensó entero. Los pies buscaron suelo durante un segundo que fue largo. Los dedos del brazo bueno se cerraron sobre el fuste de la espada con una fuerza que no tenía razón de seguir existiendo pero existía, los nudillos blancos apretando el acero como si pudieran arrancárselo, y el aliento del hombre salió en una bocanada caliente que olía a cebolla y a vino agrio y que Rodrigo recibió en la cara a cuatro dedos de distancia. Luego cedió. Rodrigo retiró la hoja con un movimiento limpio hacia atrás y el cuerpo se desplomó en el rellano, atravesado entre la escalera que subía y la que bajaba como un fardo que nadie había pedido.

La pausa que siguió duró menos de un segundo.

En el pecho de Rodrigo, la hombrera dañada rozaba contra el gorjal con cada respiración, produciendo un roce metálico bajo que nadie más oyó. El calor de la sangre del muerto todavía estaba en la empuñadura. Los que venían detrás tuvieron que pasar por encima del cuerpo para seguir subiendo, pisando donde se podía, que no era mucho.

—Subid —ordenó Rodrigo—. No les deis tiempo a reagruparse.

Ascendieron con rapidez, atentos a cada sombra. En lo alto, el adarve se extendía como una lengua de piedra bajo la claridad turbia de la ciudad ardiendo. El viento nocturno traía hollín y un tufo agrio a leña deshecha.

A unos veinte pasos, tres defensores intentaban reorganizarse. Uno de ellos llevaba casco ornamentado y capa oscura, y su porte no era el de un simple soldado: Rodrigo lo percibió al instante, en cómo apoyaba el peso, en el ángulo de la espalda, en la quietud que tenía alrededor mientras los otros dos se movían apurados. Serenidad en medio del caos.

—Fuego —ordenó en voz baja.

Miguel disparó primero. El estampido resonó sobre la muralla y uno de los defensores cayó hacia atrás con los brazos abiertos, los miembros describiendo el arco de unas piernas que dejan de obedecer cuando la cabeza aún no lo sabe. La bala había entrado por el centro del pecho y el hombre se quedó tendido en las losas del adarve con la boca abierta y los ojos mirando el cielo rojo, y dejó de moverse con una rapidez que apenas dejó tiempo a la mecha del arcabuz para terminar de humear.

Miguel bajó el arcabuz. Tenía los nudillos blancos sobre la culata y la boca apretada con una fuerza que no tenía nada que ver con el retroceso del arma. No apartó la vista del hombre que acababa de matar. Rodrigo lo vio y no dijo nada, porque no había nada que decir que sirviera de algo y porque Miguel necesitaba esos tres segundos a solas con el muerto, y las palabras se los habrían quitado. Los tres segundos pasaron. Miguel empezó a recargar con dedos que temblaban un grado más que antes, pero que no se detuvieron.

Diego hizo lo propio, obligando al tercer defensor a cubrirse detrás del parapeto.

El hombre de capa oscura dio un paso al frente en lugar de retroceder.

Rodrigo lo observó sin abrir la boca durante el instante que tardó en comprender que era una decisión táctica, no temeridad: avanzar hacia el arcabuz descargado que no puede volver a disparar en el tiempo que tarda un hombre en recorrer veinte pasos. Lo había calculado. Eso también decía algo.

—¿Quién comanda aquí? —preguntó el nazarí en castellano limpio.

Rodrigo dio un paso al frente.

—Yo.

Se miraron un instante. No necesitaban más para saber que ninguno de los dos estaba acostumbrado a perder.

—Sois audaz —dijo el nazarí.

—Y vos estáis en mi camino.

Cruzaron acero.

Yusuf al-Hakim combatía con técnica depurada de escuela andalusí: el alfanje de hoja curva y ancha no buscaba el bloqueo sino el desvío, aprovechando la curvatura para redirigir el acero castellano hacia afuera y crear el ángulo de ataque en el mismo movimiento. Era economía de acción, dos gestos convertidos en uno, y quien no lo había visto antes tardaba medio segundo en entenderlo. Ese margen bastaba. Rodrigo lo entendió en el primer intercambio y no volvió a cometer el mismo error en lo que duró el cruce de aceros.

Respondió con la mezcla de escuela caballeresca y pragmatismo de frontera que veinte años de campaña habían destilado hasta dejar solo lo que funcionaba: ángulos antes que elegancia, aperturas antes que golpes definitivos, el instante en que el cuerpo del otro está comprometido en una dirección y no puede cambiarla.

Los aceros chocaron, se separaron y volvieron a encontrarse. Rodrigo presionó hacia la derecha, forzando a Yusuf a girar el cuerpo para mantener la línea; este cedió el terreno con una fluidez que era reposicionamiento, no retirada, y desde el nuevo ángulo lanzó un corte bajo que buscaba la corva por encima de la greba. Rodrigo lo bloqueó con la hoja girada, absorbiendo el impacto con el tercio fuerte, y contraatacó hacia el hombro derecho con un movimiento que habría llegado si Yusuf no hubiera girado con una agilidad que no correspondía a un hombre que llevaba horas en combate.

A su espalda oyó el disparo de Diego y el golpe blando de un cuerpo contra la piedra: uno menos detrás del parapeto.

La estocada de respuesta llegó desde abajo y a la izquierda, el ángulo más difícil de cubrir con la guardia abierta por el contraataque. Rodrigo sintió el filo rozarle la mejilla antes de que el cerebro terminara de registrar que venía: un ardor limpio y frío a la vez, el corte que el cuerpo aún no termina de registrar, y luego el calor de la sangre bajando por la piel hasta el mentón, abriéndose camino sobre una cicatriz más antigua que reconoció el filo como si lo estuviera esperando.

Rodrigo no parpadeó.

—Buen golpe —concedió.

—No será el último —replicó Yusuf.

Yusuf no esperó. Avanzó dos pasos cortos con el alfanje en guardia alta y lanzó un tajo descendente hacia la clavícula, un golpe de arriba abajo con el peso del brazo entero y la rotación de la cadera detrás, un corte diseñado para partir el hueso si conecta y abrir la guardia si no. Rodrigo alzó la espada cruzada sobre la cabeza, los brazos en arco, y recibió el impacto en el tercio medio de la hoja. El choque le bajó por las muñecas hasta los codos y de los codos hasta los hombros, las botas se le hundieron en el polvo de los sillares cuando la fuerza del golpe buscó el suelo a través de sus piernas. El alfanje resbaló por la hoja recta con un aullido de metal que levantó una chispa pálida entre los dos filos, y Rodrigo aprovechó la inercia del arma para empujar hacia fuera, abriendo el espacio que necesitaba.

Contraatacó bajo, hacia el muslo adelantado. Yusuf bajó la guardia con una velocidad que ya no tenía derecho a tener después de las horas que llevaba peleando y desvió la punta con el filo curvo del alfanje, pero la hoja castellana encontró carne antes de que la curva terminara de llevarla fuera de línea. Rodrigo sintió la resistencia breve del tejido bajo la malla de la pierna, el mordisco corto del acero en el muslo, luego la hoja salió limpia. No era profundo. Era lo suficiente para que la pierna izquierda de Yusuf dudara en el siguiente paso, un instante apenas, la duda que el hierro impone cuando ha tocado algo que importa.

Yusuf inclinó la cabeza hacia la pierna. La tela oscura de los zaragüelles empezaba a brillar a la altura del muslo con la humedad inconfundible de la sangre fresca. Volvió a mirar a Rodrigo.

Esbozó una ligera sonrisa y no añadió palabra. Sobraba. Recolocó el pie trasero, ajustó la distancia y no cedió terreno. Ahora los dos sangraban.

Rodrigo retrocedió medio paso, pasó la espada a la mano izquierda sin que la hoja temblara en el cambio y con la derecha descolgó el arcabuz de la espalda. Yusuf comprendió al instante la intención y no retrocedió, que era lo que habría hecho un hombre asustado, sino que se detuvo y lo miró con los ojos fijos, la decisión ya tomada, esperando ver si el otro tomaba la misma.

—Eso no es duelo honroso —dijo Yusuf sin parpadear.

—No estamos en torneo —respondió Rodrigo—. Estamos en guerra.

Apoyó el cañón contra el pecho del adversario. La boca del arma presionaba el tejido de la cota a la altura del esternón, y Rodrigo notó a través de la culata la vibración del corazón del otro: rápida, firme, constante. Aquel hombre no iba a gastar sus últimos segundos con miedo. La mecha ardía a pocos dedos de la cazoleta, y el calor de ella llegaba hasta los dedos de Rodrigo en el guardamonte.

A esa distancia el disparo no dejaría herida reconocible: abriría un boquete del tamaño de un puño al salir por la espalda y el hombre detrás de aquellos ojos dejaría de existir sin que el eco del disparo terminara de rebotar entre las piedras del adarve.

Los ojos de Yusuf sostenían los suyos sin súplica y sin miedo. Estaba pensando, no rezando. Y Rodrigo reconoció en aquella mirada algo que llevaba veinte años buscando en los ojos de los hombres a los que había matado y que no había encontrado en ninguno: la ausencia total de rendición.

Rodrigo no disparó.

El dedo estaba en el gatillo. La mecha a medio dedo de la cazoleta. El ángulo era perfecto, el disparo imposible de errar. Y el dedo no se movió. No fue compasión. Fue cálculo viejo, de los que el oficio enseña sin palabras. Aquel hombre valía más vivo que muerto.

«No este».

La vacilación duró lo justo.

Yusuf lanzó con la mano libre un puñado de ceniza recogida del parapeto, un movimiento tan rápido y tan pequeño que no había manera de anticiparlo. El polvo cegó a Rodrigo de golpe, la ceniza caliente metiéndose bajo los párpados con ese escozor que no es dolor sino la ausencia total de visión, y en el mismo instante Yusuf se dejó caer hacia el interior de la torre contigua y desapareció por una abertura lateral.

Rodrigo maldijo y se limpió los ojos con el dorso de la mano, parpadeando contra el ardor. Cuando recuperó la visión, el combate sobre la muralla había terminado. Los otros defensores yacían muertos o habían huido.

La mejilla seguía sangrando. Se la tocó con los dedos: el corte era limpio, de filo que sabe lo que hace. Llevaría cicatriz. Tenía sitio.

Jaime se apoyaba en la maza, jadeando. Hernando apretaba los dientes mientras se vendaba el antebrazo abrasado con un trozo de su propia camisa.

La noche les concedió entonces un paréntesis; no descanso, sino el espacio entre un muerto y el siguiente, suficiente para que el cuerpo recordara que tenía hambre y frío y que llevaba horas ignorando ambas cosas. El viento en lo alto traía ceniza en suspensión y el olor metálico de la sangre que se enfría, y los hombres se dejaron caer donde estaban sin buscar mejor sitio, porque no había mejor sitio y porque las piernas habían decidido sin consultar que ya era suficiente por ahora.

Fue Jaime quien habló primero, y lo hizo sacando del zurrón un mendrugo de pan negro como habría sacado un clavo o una cuña. Lo partió en seis trozos sobre el manto de la maza sin anuncio ni ceremonia, con las manos que acababan de romper un hueso y que ahora dividían el pan con la misma economía de siempre, sin que una cosa tuviera nada que ver con la otra. Empujó el trozo más grande hacia Miguel con el dorso de la mano.

Miguel lo miró.

—No tengo hambre —dijo.

—Mentira —respondió Jaime.

Miguel cogió el trozo. Lo sostuvo un momento antes de llevárselo a la boca. Luego masticó. El pan era duro y sabía a humo y a la sal del zurrón de cuero, y era lo mejor que había comido en horas.

—¿Siempre es así? —preguntó Miguel.

Jaime no preguntó qué quería decir con eso, porque era evidente.

—No siempre. —Masticó—. A veces es peor.

—¿Y se acostumbra uno? —insistió Miguel.

—Si te acostumbras, malo.

Hernando terminó de atarse la venda con los dientes y la mano derecha, apretando el nudo con un tirón seco que le arrancó un siseo entre los labios. Solo entonces cogió su trozo de pan. Lo masticó despacio, el brazo izquierdo apoyado sobre la rodilla con la rigidez del miembro que había dejado de ser de confianza. Le temblaban los dedos de la mano izquierda. Cuando tragó, miró el brazo con el mismo desapego con que habría mirado una herramienta mellada.

—En Loja perdí un dedo —dijo—. Esta vez solo es la piel. Voy mejorando.

—A ese ritmo —respondió Rodrigo—, en la próxima campaña te rozarán el pelo y pedirás recompensa.

Hernando soltó una carcajada corta, seca como un ladrillo partido, y no dijo más. Lo justo para que la tensión del grupo cediera un poco.

Mateo comió el suyo en dos mordiscos sin dejar de vigilar la escalera por donde habían subido, porque Mateo no dejaba de vigilar nada, ni siquiera cuando comía, ni siquiera cuando dormía. Por eso seguía vivo. Por eso tenía esa cara.

Diego no se había movido del parapeto. Tenía los ojos fijos en la torre por donde el nazarí había desaparecido. Jaime empujó un trozo de pan hacia el borde del sillar donde Diego apoyaba la bota. Este lo cogió sin mirar, se lo guardó en el jubón y siguió con los ojos en la oscuridad. Comería cuando decidiera que ya no había nada que ver, y no antes.

Rodrigo los observó sin intervenir. Jaime se había quedado con el trozo más pequeño, el que había quedado después de repartir los demás, el que nadie elegiría si hubiera elección. Lo hacía sin decirlo. Sin esperar que nadie lo notara.

También pensó en Loja, donde Jaime había sacado a un muchacho herido de debajo de un muro derrumbado cargándolo sobre el hombro a ciento veinte pasos del enemigo activo, y al preguntarle después por qué se había arriesgado así, Jaime había respondido que el muchacho le debía dos maravedíes del naipe y no pensaba perdonarle la deuda. Rodrigo no había vuelto a preguntarle por qué hacía nada.

—Se os escapó —dijo Diego, sin volverse.

—Sí —respondió Rodrigo—. Y no debió.

Miró hacia la torre por donde Yusuf había desaparecido. La abertura estaba negra y quieta.

Rodrigo alzó la vista hacia la ciudad. Desde aquella altura, Granada parecía un mar de brasas que no terminaba de consumirse, y la piedra misma se resistía a apagarse.

Entonces oyó pasos firmes detrás de él.

Montijo emergió por la escalera con la espada en la mano y los cuatro soldados a la espalda. Subió los últimos peldaños tanteando cada uno con la bota, esperando encontrar enemigos, se detuvo en el umbral cuando lo que encontró fueron los suyos.

No habló de inmediato. Caminó despacio por el adarve conquistado, pisando entre los cuerpos de los defensores caídos, y Rodrigo lo vio hacer lo que cualquier oficial competente habría hecho: contar. Los muertos, primero. Luego la brecha abierta en la muralla, lo bastante ancha para que pasaran dos hombres de frente. Luego el apuntalamiento roto, las maderas partidas por la maza de Jaime esparcidas por las losas. Por último la posición: el tramo de adarve que conectaba la torre oriental con el lienzo principal, que ahora estaba en manos castellanas y que al amanecer permitiría a la artillería avanzar las piezas menores hasta un alcance que cambiaría el asalto.

Montijo barrió la muralla de parapeto a parapeto.

Rodrigo se dio cuenta. Y vio el esfuerzo que le costó a Montijo tragar lo que habría querido decir, porque cinco hombres miraban el adarve esperando ver con qué cara lo decía.

—Parece que habéis tomado el adarve —dijo sin levantar la voz.

—Sí, mi capitán.

—Y habéis desobedecido una orden directa.

—Así es.

Nadie habló. El estruendo lejano de las bombardas llenó el hueco. Montijo miró a Jaime, que seguía sentado en el sillar con la maza entre las rodillas y la cara impasible, sin intención de justificar lo que había hecho. Después miró a Hernando, el brazo vendado con su propia camisa, la piel del antebrazo visible en los bordes del lino con el brillo húmedo de la quemadura fresca. Después miró a Rodrigo, la sangre seca en la mejilla y la hombrera abollada.

—Las bajas —dijo.

—Ninguna mortal —respondió Rodrigo—. Hernando tiene el brazo quemado. El resto aguanta.

Montijo asintió una vez. Nada más.

—No sé aún si he de proponeros para recompensa o para castigo —dijo al fin, sin mirarle—. Eso no lo decidiré yo. Lo decidirá gente que no ha estado aquí, y lo harán en frío.

—Aceptaré lo que venga.

—No tenéis elección, Salazar. Eso es lo que significa la cadena de mando. Incluso cuando funciona mal, funciona.

Montijo dio media vuelta y bajó por la escalera de caracol sin pronunciar otra palabra. Sus hombres lo siguieron. Sus pasos se perdieron en el interior del muro como se cierra una puerta, y Rodrigo se quedó solo con los suyos, bajo aquel cielo sin estrellas, con los cuerpos, la brecha y un silencio que no se parecía a la calma.

Jaime se había dejado caer sobre un sillar caído, la espalda encorvada, las manos cruzadas sobre el mango de la maza.

Diego se había acercado al parapeto y miraba hacia la ciudad ardiendo.

Mateo limpiaba el filo del montante con un trozo de lona, sin dejar de vigilar la escalera. Tenía la cara gris de polvo y los ojos rojos de humo y aparentaba diez años más que al salir del campamento.

—¿Qué nos costará esto, señor? —preguntó, sin mirar a nadie en particular.

Rodrigo apretó los labios y no respondió. No porque no supiera la respuesta, sino porque la respuesta no dependía de él y decirlo en voz alta no iba a cambiar nada.

—¿Y os perdonará Montijo? —volvió a preguntar.

—No le pido que me perdone —respondió Rodrigo—. Le pido que reconozca lo que hay ante sus ojos.

Mateo dejó la lona sobre la rodilla.

—No es lo mismo.

—No —dijo Rodrigo—. No lo es.

Dentro de la torre, Yusuf al-Hakim permanecía junto a la saetera con el hombro apoyado contra la piedra fría, observando la figura inmóvil del castellano. El muslo sangraba donde el acero de Rodrigo le había rozado la calza de malla en el último intercambio. Hamid esperaba a su espalda, inmóvil.

—Tuvo el cañón contra mi pecho —dijo Yusuf en voz baja, en árabe—. La mecha encendida. Podría haberlo hecho. No lo hizo.

—Dudó —dijo Hamid.

—Pensó. —Yusuf se separó de la saetera y se volvió hacia él—. Tuvo el cañón apuntado y la mecha viva, y no apretó. Eso no es miedo, Hamid. Es cálculo. Los hombres así no se matan: se usan.

Hamid frunció el ceño, pero no replicó.

Rodrigo se apoyó en el parapeto y cerró los ojos. Notó el frío de la piedra en las palmas y el olor a sebo y a cal viva que subía desde la ciudad.

«Se fue demasiado fácil para ser una huida».

Aquí termina el primer capítulo. La guerra de Granada está a punto de acabar.
La otra guerra —la de los papeles, las cifras y los enemigos sin bandera— acaba de empezar.

Sigue leyendo — Comprar en Amazon