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Espionaje · Trastienda de la saga

Las cifras de 1492: cómo se guardaba un secreto antes del telégrafo

Toda la saga arranca con un pergamino que mezcla letras árabes, caracteres latinos y columnas de números. No es un invento: en 1492, media Europa escribía así sus secretos. Y la otra media pagaba por leerlos.

Hay un momento en Enemigo sin bandera en que Rodrigo despliega un pergamino sobre un sillar caído y Joaquín, el veterano que ha pasado décadas interceptando mensajes entre plazas nazaríes, lo mira en silencio, con los ojos moviéndose de derecha a izquierda, leyendo lo que no tiene luz. Esa escena condensa el oficio sobre el que se sostiene toda la saga, y es de lo más documentado de la época.

El estado de la técnica

A finales del siglo XV, la herramienta estándar de las cancillerías europeas era el nomenclátor: un sistema híbrido que combinaba un alfabeto de sustitución —cada letra reemplazada por un símbolo inventado— con un pequeño diccionario de códigos para los nombres delicados: reyes, ciudades, ejércitos. Los buenos nomenclátores añadían trampas: símbolos nulos que no significaban nada, varios signos distintos para las letras más frecuentes, abreviaturas falsas. La cancillería de Fernando el Católico, que mantenía embajadores permanentes en media Europa —una novedad de la época—, llegó a manejar cifras de cientos de símbolos, distintas para cada embajada.

Frente a los cifradores, los descifradores. Las repúblicas italianas llevaban ventaja: Venecia y Milán tenían auténticos gabinetes de criptoanálisis, herederos del trabajo de hombres como Cicco Simonetta, que en 1474 había escrito el primer tratado conocido sobre cómo romper cifras. El método era el análisis de frecuencias: en castellano, la letra más repetida será casi siempre la E o la A; quien cuenta símbolos acaba leyendo. Por eso los nomenclátores crecían y se retorcían: era una carrera armamentística de tinta.

La frontera granadina

La guerra de Granada añadía una capa peculiar: dos alfabetos. Los mensajes cruzaban las líneas en árabe, en castellano, en aljamiado —castellano escrito con caracteres árabes— o en mezclas deliberadas de todo ello, que es exactamente la fisonomía del pergamino que encuentra Rodrigo: letras árabes entrelazadas con caracteres latinos y números en columnas. Para un interceptor castellano, un texto así era doblemente opaco; para un veterano de frontera como Joaquín, bilingüe por oficio, era un idioma conocido.

Lo que vale un secreto

Lo que más me interesa del cifrado de 1492 no es la técnica, sino la economía que revela. Cifrar era caro: copistas de confianza, correos pagados, claves que había que renovar cada vez que un mensajero caía. Nadie cifraba trivialidades. Un documento cifrado era, por definición, un documento por el que alguien estaba dispuesto a pagar —o a matar—. Cuando Rodrigo sostiene aquel pergamino contra la luz de la aspillera, todavía no sabe qué dice. Pero sabe lo único que importa: que vale vidas. La saga entera sale de esa intuición.