Capítulo 2
El adarve
El interior del muro era un vientre de polvo y oscuridad. La caída de los sillares había levantado una nube espesa que raspaba la garganta y cegaba los ojos. El pasadizo conducía a una escalera de caracol que ascendía hacia el adarve. La piedra sudaba humedad por los costados y el polvo flotaba en el aire sin ningún sitio adónde ir. Rodrigo avanzó encorvado, la espada rozando la pared de la izquierda, los pies buscando cada peldaño antes de cargar el peso. Algo se movió abajo, entre los escombros, el arañazo rápido de uñas sobre piedra, demasiado ligero para ser un hombre y demasiado urgente para ser uno solo. Ratas.
No se veía nada salvo el resplandor cobrizo que bajaba desde lo alto en destellos irregulares. Detrás de él, Jaime, Mateo, Diego, Hernando, Miguel, en fila, en silencio, respirando por la boca para no hacer ruido, como si penetrasen en las entrañas de una bestia que aún no había terminado de decidir si estaba muerta. Hernando subía con el brazo izquierdo pegado al pecho y el derecho contra la pared, torciendo el cuerpo en cada peldaño para que el antebrazo quemado no rozase la piedra. En dos ocasiones no lo consiguió. La primera vez soltó un jadeo corto entre los dientes. La segunda, nada, porque el dolor ya había dejado de sorprenderlo.
Apenas habían subido tres peldaños cuando una figura surgió desde lo alto con un grito en árabe. La cimitarra descendió con el peso del brazo completo detrás. Un golpe de carnicero, no de esgrima.
Rodrigo se apartó por instinto, encogiendo el hombro derecho contra el pecho. El filo rozó la hombrera con un chirrido corto y arrancó una chispa que la negrura tragó de inmediato. Sintió el impacto vibrar por el metal hasta el hueso. La presión llegó primero, plana, y el cuerpo registraba el golpe antes de decidir si le importaba. Respondió con un tajo lateral, ciego, calculado por el sonido más que por la vista, que obligó al atacante a retroceder un peldaño y detuvo el segundo golpe en el gesto.
El defensor retrocedió otro paso, la cimitarra buscando espacio para un segundo arco. Rodrigo lo siguió sin dejarlo respirar, subiendo peldaños con la espada adelantada, sin espacio para más técnica que empujar y cubrir. La escalera no permitía otra cosa. El muro le rozaba el hombro izquierdo, el eje central le robaba el derecho, y entre ambos quedaba el ancho justo de un cuerpo.
Salieron al rellano casi a la vez.
El espacio se abrió apenas lo suficiente para que cupieran dos hombres de frente. El defensor aprovechó para plantar los pies y levantar la cimitarra con ambas manos, dispuesto a hacer de aquel hueco su línea de defensa. Rodrigo lo leyó en la postura y se adelantó al arco descendente, presionándolo con un golpe corto que le trabó la hoja contra la pared.
Jaime salió de la escalera detrás de él. No pidió sitio. Lo ocupó.
Alzó la maza y la descargó sobre el antebrazo del defensor sin retroceso previo, sin aviso, el arco mínimo que el rellano permitía. El golpe conectó en mitad del antebrazo con un chasquido húmedo y seco a la vez, el del hueso que cede de golpe en lugar de doblarse. Se quedó suspendido un instante en el aire antes de extinguirse. El brazo roto, libre ya del control del hueso, colgaba en un ángulo que el brazo no tiene, sostenido apenas por los tendones y la manga mojada de sangre oscura que bajaba rápido por los dedos y goteaba en la piedra del rellano, oscilando con cada movimiento del cuerpo como algo que ya no pertenecía del todo al hombre al que estaba unido.
La cimitarra cayó y resonó en la piedra.
El hombre intentó retroceder con el alarido todavía en la garganta, un sonido que había dejado de ser humano, pero el muro le cerraba la espalda. Rodrigo le hundió la espada entre las costillas del costado izquierdo, donde el brazo roto ya no protegía nada, empujando hacia adentro y ligeramente hacia arriba, buscando el pulmón. El corazón, tras el esternón, quedaba fuera de aquel ángulo. El acero entró con la resistencia propia de la carne compacta del pecho —ni cuero ni madera, algo intermedio y más denso—, y Rodrigo sintió el momento exacto en que el filo atravesó algo blando dentro del pecho, una cesión súbita, casi imperceptible, seguida de calor en la empuñadura.
El cuerpo se tensó entero. Los pies buscaron suelo durante un segundo que fue largo. Los dedos del brazo bueno se cerraron sobre la empuñadura de la espada con una fuerza que no tenía razón de seguir existiendo pero existía, los nudillos blancos apretando el acero como si pudieran arrancárselo, y el aliento del hombre salió en una bocanada caliente que olía a cebolla y a vino agrio y que Rodrigo recibió en la cara a cuatro dedos de distancia. Luego cedió. Rodrigo retiró la hoja con un movimiento limpio hacia atrás y el cuerpo se desplomó en el rellano, atravesado entre la escalera que subía y la que bajaba como un fardo que nadie había pedido.
La pausa que siguió duró menos de un segundo.
La hombrera dañada de Rodrigo, rozaba contra el gorjal con cada respiración, produciendo un roce metálico que nadie más oyó. El calor de la sangre del muerto todavía estaba en la empuñadura. Los que venían detrás tuvieron que pasar por encima del cuerpo para seguir subiendo, pisando donde se podía, que no era mucho.
—Subid —ordenó Rodrigo—. No les deis tiempo a reagruparse.
Ascendieron con rapidez, atentos a cada sombra. En lo alto, el adarve se extendía como una lengua de piedra bajo la claridad turbia de la ciudad ardiendo. El viento nocturno traía hollín y un tufo agrio a leña deshecha.
A unos veinte pasos, tres defensores intentaban reorganizarse. Uno de ellos llevaba casco ornamentado y capa oscura, y su porte no era el de un simple soldado. Rodrigo lo percibió al instante, en cómo apoyaba el peso, en el ángulo de la espalda, en la quietud que tenía alrededor mientras los otros dos se movían apurados.
—Fuego —ordenó Rodrigo en voz baja.
Miguel disparó primero. El estampido resonó sobre la muralla y uno de los defensores cayó hacia atrás con los brazos abiertos, las piernas flojas, ya sin gobierno. La bala había entrado por el centro del pecho y el hombre se quedó tendido en las losas del adarve con la boca abierta y los ojos mirando el cielo rojo, y dejó de moverse con una rapidez que apenas dejó tiempo a la mecha del arcabuz para terminar de humear.
Miguel bajó el arcabuz. Tenía los dedos agarrotados sobre la culata y la boca apretada con una fuerza que no tenía nada que ver con el retroceso del arma. No apartó la vista del hombre que acababa de matar. Rodrigo lo vio y no dijo nada, porque no había nada que decir que sirviera de algo y porque Miguel necesitaba esos tres segundos a solas con el muerto, y las palabras se los habrían quitado. Los tres segundos pasaron. Miguel empezó a recargar con dedos que temblaban un grado más que antes, pero que no se detuvieron.
Diego hizo lo propio, obligando al tercer defensor a cubrirse detrás del parapeto.
El hombre de capa oscura dio un paso al frente en lugar de retroceder.
Rodrigo lo observó sin abrir la boca durante el instante que tardó en comprender que era una decisión táctica. El arcabuz, descargado, no volvería a disparar en el tiempo que tardaba un hombre en cruzar veinte pasos, y el nazarí lo había calculado.
—¿Quién comanda aquí? —preguntó el nazarí en castellano limpio.
Rodrigo dio un paso al frente.
—Yo.
Se miraron un instante. No necesitaban más para saber que ninguno de los dos estaba acostumbrado a perder.
—Sois audaz —dijo el nazarí.
—Y vos estáis en mi camino.
Cruzaron acero.
Yusuf al-Hakim combatía con técnica depurada de escuela andalusí. El alfanje de hoja curva y ancha desviaba en vez de bloquear, aprovechaba la curvatura para redirigir el acero castellano hacia afuera y abría el ángulo de ataque en el mismo movimiento, dos gestos en uno. Rodrigo lo entendió en el primer intercambio y no volvió a cometer el mismo error en lo que duró el cruce de aceros.
Respondió con la mezcla de escuela caballeresca y pragmatismo de frontera que veinte años de campaña habían destilado hasta dejar solo lo que funcionaba. Buscaba ángulos antes que elegancia y aperturas antes que golpes definitivos, el instante en que el cuerpo del otro se comprometía en una dirección y ya no podía cambiarla.
Los aceros chocaron, se separaron y volvieron a encontrarse. Rodrigo presionó hacia la derecha, forzando a Yusuf a girar el cuerpo para mantener la línea. Este cedió el terreno con una fluidez que le ganaba ángulo sin perder la iniciativa, y desde el nuevo ángulo lanzó un corte bajo que buscaba la corva por encima de la greba. Rodrigo lo bloqueó con la hoja girada, absorbiendo el impacto con el tercio fuerte, y contraatacó hacia el hombro derecho con un movimiento que habría llegado si Yusuf no hubiera girado con una agilidad que no correspondía a un hombre que llevaba horas en combate.
A su espalda oyó el disparo de Diego y el golpe blando de un cuerpo contra la piedra. Uno menos detrás del parapeto.
La estocada de respuesta llegó desde abajo y a la izquierda, el ángulo más difícil de cubrir con la guardia abierta por el contraataque. Rodrigo sintió el filo rozarle la mejilla antes de que el cerebro terminara de registrar que venía, un ardor limpio y frío a la vez, más señal que dolor todavía, y luego el calor de la sangre bajando por la piel hasta el mentón, abriéndose camino sobre una cicatriz más antigua que reconoció el filo como si lo estuviera esperando.
Rodrigo no parpadeó.
—Buen golpe —concedió.
—No será el último —replicó Yusuf.
Yusuf no esperó. Avanzó dos pasos cortos con el alfanje en guardia alta y lanzó un tajo descendente hacia la clavícula, un golpe de arriba abajo con el peso del brazo entero y la rotación de la cadera detrás, un corte diseñado para partir el hueso si conecta y abrir la guardia si no. Rodrigo alzó la espada cruzada sobre la cabeza, los brazos en arco, y recibió el impacto en el tercio medio de la hoja. El choque le bajó por las muñecas hasta los codos y de los codos hasta los hombros, las botas se le hundieron en el polvo de los sillares cuando la fuerza del golpe buscó el suelo a través de sus piernas. El alfanje resbaló por la hoja recta con un aullido de metal que levantó una chispa pálida entre los dos filos, y Rodrigo aprovechó la inercia del arma para empujar hacia fuera, abriendo el espacio que necesitaba.
Contraatacó bajo, hacia el muslo adelantado. Yusuf bajó la guardia con una velocidad impropia de las horas que llevaba peleando y desvió la punta con el filo curvo del alfanje, pero la hoja castellana encontró carne antes de que la curva terminara de llevarla fuera de línea. Rodrigo sintió la resistencia breve del tejido bajo la malla de la pierna, el mordisco corto del acero en el muslo, luego la hoja salió limpia. No era profundo. Era lo suficiente para que la pierna izquierda de Yusuf dudara en el siguiente paso, un instante apenas, la duda de la pierna que acaba de sentir el hierro.
Yusuf inclinó la cabeza hacia la pierna. La tela oscura de los zaragüelles empezaba a brillar a la altura del muslo con la humedad inconfundible de la sangre fresca. Volvió a mirar a Rodrigo.
Esbozó una ligera sonrisa y no añadió palabra. Sobraba. Recolocó el pie trasero, ajustó la distancia y no cedió terreno. Ahora los dos sangraban.
Rodrigo retrocedió medio paso, pasó la espada a la mano izquierda sin que la hoja temblara en el cambio y con la derecha descolgó el arcabuz de la espalda. Yusuf comprendió al instante la intención. No retrocedió. Se detuvo y lo miró con los ojos fijos, la decisión ya tomada, esperando ver si el otro tomaba la misma.
—Eso no es duelo honroso —dijo Yusuf.
—No estamos en torneo —respondió Rodrigo—. Estamos en guerra.
Apoyó el cañón contra el pecho del adversario. La boca del arma presionaba el tejido de la cota a la altura del esternón, y Rodrigo notó a través de la culata la vibración del corazón del otro, rápida, firme, constante. Aquel hombre no iba a gastar sus últimos segundos con miedo. La mecha ardía a pocos dedos de la cazoleta, y el calor de ella llegaba hasta los dedos de Rodrigo en el guardamonte.
A esa distancia el disparo no dejaría herida reconocible. Abriría un boquete del tamaño de un puño al salir por la espalda y el hombre detrás de aquellos ojos dejaría de existir sin que el eco del disparo terminara de rebotar entre las piedras del adarve.

Los ojos de Yusuf sostenían los suyos sin súplica y sin miedo. Estaba pensando, no rezando. Y Rodrigo reconoció en aquella mirada algo que llevaba veinte años buscando en los ojos de los hombres a los que había matado y que no había encontrado en ninguno. La ausencia total de rendición.
Rodrigo no disparó.
El dedo estaba en el gatillo. La mecha a medio dedo de la cazoleta. El ángulo era perfecto, el disparo imposible de errar. Y el dedo no se movió. No fue compasión. Fue cálculo viejo, de los que el oficio enseña sin palabras. Aquel hombre valía más vivo que muerto.
«No este».
La vacilación duró lo justo.
Yusuf lanzó con la mano libre un puñado de ceniza recogida del parapeto, un movimiento tan rápido y tan pequeño que no había manera de anticiparlo. El polvo cegó a Rodrigo de golpe, la ceniza caliente metiéndose bajo los párpados con ese escozor que no es dolor sino la ausencia total de visión, y en el mismo instante Yusuf se dejó caer hacia el interior de la torre contigua y desapareció por una abertura lateral.
Rodrigo maldijo y se limpió los ojos con el dorso de la mano, parpadeando contra el ardor. Cuando recuperó la visión, el combate sobre la muralla había terminado. Los otros defensores yacían muertos o habían huido.
La mejilla seguía sangrando. Se la tocó con los dedos. El corte era limpio, de filo que sabe lo que hace. Llevaría cicatriz. Tenía sitio.
Jaime se apoyaba en la maza, jadeando. Hernando apretaba los dientes mientras se vendaba el antebrazo abrasado con un trozo de su propia camisa.
La noche les concedió entonces un paréntesis. Duraba lo que va de un muerto al siguiente, suficiente para que volvieran el hambre y el frío que llevaban horas ignorando. El viento en lo alto traía ceniza en suspensión y el olor metálico de la sangre que se enfría, y los hombres se dejaron caer donde estaban sin buscar mejor sitio, porque no había mejor sitio y porque las piernas habían decidido sin consultar que ya era suficiente por ahora.
Fue Jaime quien habló primero, y lo hizo sacando del zurrón un mendrugo de pan negro como habría sacado un clavo o una cuña. Lo partió en seis trozos sobre el manto sin anuncio ni ceremonia, con las manos que acababan de romper un hueso y que ahora dividían el pan con la misma economía de siempre, sin que una cosa tuviera nada que ver con la otra. Empujó el trozo más grande hacia Miguel con el dorso de la mano.
Miguel lo miró.
—No tengo hambre —dijo.
—Mentira —respondió Jaime.
Miguel cogió el trozo. Lo sostuvo un momento antes de llevárselo a la boca. Luego masticó. El pan era duro y sabía a humo y a la sal del zurrón de cuero, y era lo mejor que había comido en horas.
—¿Siempre es así? —preguntó Miguel.
Jaime no preguntó qué quería decir con eso, porque era evidente.
—No siempre. —Masticó—. A veces es peor.
—¿Y se acostumbra uno? —preguntó Miguel.
—Si te acostumbras, malo.
Hernando terminó de atarse la venda con los dientes y la mano derecha, apretando el nudo con un tirón seco que le arrancó un siseo entre los labios. Solo entonces cogió su trozo de pan. Lo masticó despacio, el brazo izquierdo apoyado sobre la rodilla con la rigidez del miembro que había dejado de ser de confianza. Le temblaban los dedos de la mano izquierda. Cuando tragó, miró el brazo con el mismo desapego con que habría mirado una herramienta mellada.
—En Loja perdí un dedo —dijo—. Esta vez solo es la piel. Voy mejorando.
—A ese ritmo —respondió Rodrigo—, en la próxima campaña te rozarán el pelo y pedirás recompensa.
Hernando soltó una carcajada corta, seca como un ladrillo partido, y no dijo más. Lo justo para que la tensión del grupo cediera un poco.
Mateo comió el suyo en dos mordiscos sin dejar de vigilar la escalera por donde habían subido, porque Mateo no dejaba de vigilar nada, ni siquiera cuando comía, ni siquiera cuando dormía. Por eso seguía vivo. Por eso tenía esa cara.
Diego no se había movido del parapeto. Tenía los ojos fijos en la torre por donde el nazarí había desaparecido. Jaime empujó un trozo de pan hacia el borde del sillar donde Diego apoyaba la bota. Este lo cogió sin mirar, se lo guardó en el jubón y siguió con los ojos en la oscuridad. Comería cuando decidiera que ya no había nada que ver, y no antes.
Rodrigo los observó sin intervenir. Jaime se había quedado con el trozo más pequeño, el que sobraba después de repartir los demás. Lo hacía sin decirlo. Sin esperar que nadie lo notara.
También pensó en Loja, donde Jaime había sacado a un muchacho herido de debajo de un muro derrumbado cargándolo sobre el hombro a ciento veinte pasos del enemigo activo, y al preguntarle después por qué se había arriesgado así, Jaime había respondido que el muchacho le debía dos maravedíes del naipe y no pensaba perdonarle la deuda. Rodrigo no había vuelto a preguntarle por qué hacía nada.
—Se os escapó —dijo Diego, sin volverse.
—Sí —respondió Rodrigo—. Y no debió.
Miró hacia la torre por donde Yusuf había desaparecido. La abertura estaba negra y quieta.
Rodrigo alzó la vista hacia la ciudad. Desde aquella altura, Granada parecía un mar de brasas que no terminaba de consumirse, y la piedra misma se resistía a apagarse.
Entonces oyó pasos firmes detrás de él.
Montijo emergió por la escalera con la espada en la mano y los cuatro soldados a la espalda. Subió los últimos peldaños tanteando cada uno con la bota, esperando encontrar enemigos, y se detuvo en el umbral cuando lo que encontró fueron los suyos.
No habló de inmediato. Caminó despacio por el adarve conquistado, pisando entre los cuerpos de los defensores caídos, y Rodrigo lo vio hacer lo que cualquier oficial competente habría hecho. Contar. Los muertos, primero. Luego la brecha abierta en la muralla, lo bastante ancha para que pasaran dos hombres de frente. Luego el apuntalamiento roto, las maderas partidas por la maza de Jaime esparcidas por las losas. Por último la posición, el tramo de adarve que conectaba la torre oriental con el lienzo principal, que ahora estaba en manos castellanas y que al amanecer permitiría a la artillería avanzar las piezas menores hasta un alcance que cambiaría el asalto.
Montijo barrió la muralla con la mirada, de parapeto a parapeto. Rodrigo se dio cuenta. Y vio el esfuerzo que le costó a Montijo tragar lo que habría querido decir, porque cinco hombres miraban el adarve esperando ver con qué cara lo decía.
—Parece que habéis tomado el adarve —dijo sin levantar la voz.
—Sí, mi capitán.
—Y habéis desobedecido una orden directa.
—Así es.
Nadie habló. El estruendo lejano de las bombardas llenó el hueco. Montijo miró a Jaime, que seguía sentado en el sillar con la maza entre las rodillas y la cara impasible, sin intención de justificar lo que había hecho. Después miró a Hernando, el brazo vendado con su propia camisa, la piel del antebrazo visible en los bordes del lino con el brillo húmedo de la quemadura fresca. Después miró a Rodrigo, la sangre seca en la mejilla y la hombrera abollada.
—Las bajas —dijo.
—Ninguna mortal —respondió Rodrigo—. Hernando tiene el brazo quemado. El resto aguanta.
Montijo asintió una vez. Nada más.
—No sé aún si he de proponeros para recompensa o para castigo —dijo al fin, sin mirarle—. Eso no lo decidiré yo. Lo decidirá gente que no ha estado aquí, y lo harán en frío.
—Aceptaré lo que venga.
—No tenéis elección, Salazar. Eso es lo que significa la cadena de mando. Incluso cuando funciona mal, funciona.
Montijo dio media vuelta y bajó por la escalera de caracol sin pronunciar otra palabra. Sus hombres lo siguieron. Sus pasos se perdieron en el interior del muro como se cierra una puerta, y Rodrigo se quedó solo con los suyos, bajo aquel cielo sin estrellas, con los cuerpos, la brecha y un silencio que no se parecía a la calma.
Jaime se había dejado caer sobre un sillar caído, la espalda encorvada, las manos cruzadas sobre el mango de la maza.
Diego se había acercado al parapeto y miraba hacia la ciudad ardiendo.
Mateo limpiaba el filo del montante con un trozo de lona, sin dejar de vigilar la escalera. Tenía la cara gris de polvo y los ojos rojos de humo y aparentaba diez años más que al salir del campamento.
—¿Qué nos costará esto, señor? —preguntó, sin mirar a nadie en particular.
Rodrigo apretó los labios y no respondió. No porque no supiera la respuesta, sino porque la respuesta no dependía de él y decirlo en voz alta no iba a cambiar nada.
—¿Y os perdonará Montijo? —volvió a preguntar.
—No le pido que me perdone —respondió Rodrigo—. Le pido que reconozca lo que hay ante sus ojos.
Mateo dejó la lona sobre la rodilla.
—No es lo mismo.
—No —dijo Rodrigo—. No lo es.
Dentro de la torre, Yusuf al-Hakim permanecía junto a la saetera con el hombro apoyado contra la piedra áspera, observando la figura inmóvil del castellano. El muslo sangraba donde el acero de Rodrigo le había rozado la malla de la pierna en el último intercambio. Hamid esperaba a su espalda, inmóvil.
—Tuvo el cañón contra mi pecho —dijo Yusuf en voz baja, en árabe—. La mecha encendida. Podría haberlo hecho. No lo hizo.
—Dudó —dijo Hamid.
—Pensó. —Yusuf se separó de la saetera y se volvió hacia él—. Tuvo el cañón apuntado y la mecha viva, y no apretó. Eso no es miedo, Hamid. Es cálculo. Los hombres así no se matan. Se usan.
Hamid frunció el ceño, pero no replicó.
Rodrigo se apoyó en el parapeto y cerró los ojos. Notó el frío de la piedra en las palmas y el olor a sebo y a cal viva que subía desde la ciudad.
«Se fue demasiado fácil para ser una huida».