Personajes históricos
El Gran Capitán: el hombre que da las órdenes que las crónicas no recogen
Antes de revolucionar la guerra en Italia y de dar nombre a las cuentas más insolentes de la historia, Gonzalo Fernández de Córdoba fue uno de los capitanes de la guerra de Granada. En la saga, es el hombre que aparta a Rodrigo del grupo y le habla en voz baja.
Todo servicio secreto necesita un jefe, y cuando me pregunté quién podía dar órdenes a Rodrigo de Salazar sin que la historia chirriara, la respuesta era casi obligada. Gonzalo Fernández de Córdoba reunía las tres condiciones: estuvo en la guerra de Granada de principio a fin, manejó como nadie la frontera entre lo militar y lo político, y la historia posterior demostró que entendía la guerra como muy pocos hombres de su siglo.
El Gonzalo de 1492
En enero de 1492, Gonzalo tiene treinta y ocho años y todavía no es "el Gran Capitán": ese sobrenombre se lo ganará en Italia unos años después, y lo digo abiertamente porque en la saga me permito la licencia de usarlo ya —es el nombre con que la historia lo conoce, y el lector merece reconocerlo a la primera—. Lo que sí era en 1492 resulta igual de interesante: un capitán distinguido en los asedios de la guerra —Tájara, Íllora, Montefrío— y, sobre todo, uno de los hombres de confianza elegidos para negociar en secreto las capitulaciones de la rendición de Granada. Hablaba árabe, conocía a la corte nazarí y entraba y salía de la ciudad sitiada con salvoconductos que muy pocos tenían.
Léase otra vez: el futuro mejor general de Europa pasó los últimos meses de la guerra haciendo trabajo de sombra, de negociación y de inteligencia. No tuve que inventarle el perfil de jefe de espías. Ya lo tenía.
Lo que vino después
Su leyenda se forja en las guerras de Nápoles, a partir de 1495: derrotado primero por la caballería pesada francesa, reorganiza sus tropas en torno a la pica, el arcabuz y la pala —infantería que dispara, forma y se atrinchera—, y con ese instrumento gana batallas como Ceriñola y Garellano y deja diseñado el embrión de lo que serán los tercios. Media Europa copiaría su modelo durante un siglo. Y cuando el rey Fernando, receloso de tanta gloria, le exigió justificar los gastos de la campaña, la tradición le atribuye la respuesta más insolente jamás dada a un contador real: las célebres "cuentas del Gran Capitán", con partidas como picos, palas y azadones... y cien millones por su paciencia. La anécdota probablemente sea leyenda, pero retrata al personaje mejor que muchos documentos.
El Gran Capitán de la novela
En Enemigo sin bandera, Gonzalo es el superior directo de Rodrigo, y su manera de mandar está construida sobre ese perfil histórico: el hombre que se sienta al lado sin pedir permiso, que mira las murallas en lugar de mirar a quien le habla, y que da las órdenes importantes partiendo una ramita seca entre los dedos, con la voz calibrada para no viajar más allá de dos varas. Las misiones que encarga no figurarán en ninguna crónica. Esa es exactamente la gracia: las crónicas recogen lo que el Gran Capitán ganó. La saga imagina lo que tuvo que saber para ganarlo.