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Personajes históricos

Beatriz de Bobadilla: la mujer que mandaba en la última frontera

Cuando la flota de Colón fondeó en La Gomera en agosto de 1492, la isla no la gobernaba un capitán ni un obispo. La gobernaba una viuda de unos treinta años con fama de hermosa, de implacable y de saber todo cuanto entraba en su rada.

De todos los personajes históricos que cruzan Rutas de traición, Beatriz de Bobadilla es el que menos he tenido que inventar. Su biografía real parece escrita por un novelista con pocos escrúpulos.

De la corte a la frontera

Beatriz de Bobadilla y Ossorio se crió en la corte de los Reyes Católicos, donde su tía y homónima era la confidente más cercana de la reina Isabel. Joven y de belleza celebrada, las crónicas cuentan que llamó la atención del rey Fernando más de lo que convenía a nadie, y que la reina resolvió el problema con eficacia castellana: casándola con Hernán Peraza el Joven, señor de La Gomera, y enviándola al rincón más remoto del mundo conocido.

Aquel destierro dorado se torció pronto. En 1488 los gomeros se alzaron y mataron a Peraza. La respuesta de Beatriz fue de una dureza que todavía hoy estremece a los historiadores: la represión, dirigida junto al gobernador Pedro de Vera, dejó la isla escarmentada durante una generación. Desde entonces gobernó ella, como regente de su hijo, desde la Torre del Conde: una mujer sola al mando de una isla de frontera, a medio camino entre Castilla y lo desconocido.

Colón y la señora

En agosto de 1492 la expedición de las Indias recaló en La Gomera, última escala antes del océano sin cartas. Allí se conocieron el Almirante y la señora de la isla, y la historia —o la leyenda, que en este caso van de la mano— dice que entre ambos hubo algo más que cortesía: Colón volvería a fondear en La Gomera en sus viajes siguientes, cuando otras rutas eran posibles.

La Bobadilla de la novela

En Rutas de traición, Beatriz de Bobadilla recibe al Almirante y a sus oficiales con una cena en su casa, y la escena está construida sobre lo que su biografía permite suponer: una anfitriona impecable que pregunta por el aprovisionamiento como quien pasa revista, que conversa de cartas náuticas portuguesas con más conocimiento del que muestra, y que aparta a Colón hacia un balcón cuando lo que tiene que decirle no es para la mesa.

Su regla en la novela la resume la contraportada: sabe todo cuanto entra en su rada, pero no regala nada. No necesité inventarle el carácter. La historia ya se lo había escrito.