Capítulo 1
Fuego sobre Granada
Granada no ardía con belleza, ardía con la ferocidad torpe de todo lo que no quiere morir. Sobre la ciudad no había oscuridad plena sino una claridad roja y temblorosa, rasgada por los fogonazos de las bombardas castellanas y por el fulgor parásito de los incendios dispersos. El aire cargaba un polvo áspero que se pegaba a la lengua y a los párpados, con ese olor de yeso quemado y madera vieja reducida a brasa. Bajo aquel cielo sin estrellas, la ciudad agonizaba.
Rodrigo de Salazar avanzaba al frente de cinco hombres por una calle que descendía en pendiente hacia el sector oriental de la muralla interior. Las botas crujían sobre cascotes, fragmentos de cerámica y algo que nadie se detuvo a comprobar. Llevaba la espada desnuda en la mano derecha y el arcabuz terciado a la espalda, la mecha protegida del viento con un capuchón de cuero. Bajo el morrión, un rostro concentrado y severo, apenas iluminado por los reflejos anaranjados del fuego. Cuarenta años, castellano de Medina del Campo, y veinte de ellos gastados al servicio de la Corona en campañas que habían dejado su contabilidad en la piel. Una cicatriz antigua le cruzaba la mejilla izquierda desde el pómulo hasta la línea de la barba, y otras menores le marcaban el dorso de las manos. Tenía la complexión fibrosa, curtida más por el hambre y la marcha que por el ejercicio, los hombros quietos, sin un gesto de más, y esa forma de mirar las esquinas antes que las caras que distingue al veterano del soldado. Había entrado en Granada con grado de alférez al mando de una compañía de reconocimiento, con órdenes de evaluar las brechas en el lienzo oriental y no comprometer fuerzas. Lo primero lo cumpliría. Lo segundo dependía de lo que encontrase.
Levantó el puño izquierdo sin volverse. Los pasos detrás cesaron.
Diego Quiroga se adelantó hasta su hombro derecho sin que nadie se lo pidiera. Gastaba poco el gesto y mucho el ojo, y lo tenía fijo en el callejón que se abría a la izquierda, con una flecha entre los dedos y la respiración contenida, las yemas leyendo el viento por costumbre más que por cálculo. Asomó medio cuerpo por la esquina. Retrocedió. Dos dedos hacia abajo. El grupo aflojó un grado.
Con la mano abierta hacia la pared de la derecha, Rodrigo echó a andar. Los hombres se distribuyeron detrás en fila, hombro contra la piedra, sin necesidad de que nadie explicara lo que llevaban años haciendo juntos.
A veinte pasos encontraron el primer cuerpo. Un defensor nazarí tendido boca abajo en el centro de la calle, con los brazos en cruz y los labios entreabiertos en una expresión que ya no era de nada. Llevaba horas muerto. La sangre bajo el pecho se había oscurecido hasta formar una costra que brillaba como lacre mojado. Hernando de Baena, que cerraba el flanco izquierdo con la rodela embrazada, lo miró al pasar —posición de las heridas, dirección de la caída, calibre probable del arma— y volvió a escudriñar las azoteas. Andaluz que llevaba la frontera en los ojos y los años en la piel, hacía tiempo que no esperaba que los tejados le deparasen sorpresas, pero seguía mirándolos. La costumbre de tantos años le llevaba los ojos a los tejados y no la iba a perder esa noche.
Miguel Aranda no miró al muerto. Clavó los ojos al frente con una concentración excesiva, forzada, para no ver lo que tenía a los pies. Tenía el bozo sin asentar y el pulso igualmente verde, sostenía el arcabuz con manos cuyo temblor no alcanzaba a justificar del todo el frío nocturno. Al rodear el cuerpo, su bota derecha enganchó un trozo de sillar suelto y lo arrastró medio palmo sobre las losas. El chirrido recorrió la calle de fachada a fachada.
Rodrigo no se volvió.
Mateo Carvajal sí. Segoviano de rostro cuadrado, remendado a golpes, y una fe ciega en haber sobrevivido para contarlos. Cargaba un montante a la espalda y un messer largo al cinto, de un solo filo y empuñadura de madera, botín de un mercenario caído en el asedio de Málaga, porque Mateo siempre había preferido llevar encima lo necesario para matar a cualquier distancia que el brazo alcanzase. Agarró a Miguel por el cogote del jubón, le recolocó los pies en la línea de avance y lo soltó sin palabras. La presión de aquellos dedos lo decían sin una palabra. «Mira cuándo, dónde y cómo pisas». Miguel tragó saliva y corrigió la pisada. El rubor le subió por la nuca, pero nadie lo vio en la oscuridad.
Avanzaron otros cuarenta pasos. Una casa ardía por el costado este, con un crepitar manso que no correspondía a la violencia de las llamas. El fuego lamía las vigas del segundo piso viga a viga, sin prisa. El calor llegaba hasta la pared opuesta y secaba el sudor en la cara al instante de formarse. Rodrigo señaló a Diego el portal contiguo al incendio —ángulo muerto, posible emboscada—. Diego lo cubrió con el arco tensado mientras el grupo lo rebasaba. Nadie salió. Nadie disparó. El portal estaba vacío salvo por un jergón quemado a medias y un cuenco de barro volcado en el umbral, los restos de una vida que ya no estaba allí.
Una bombarda retumbó en algún punto del cerco y el eco rodó entre las callejas hasta llegar amortiguado y sucio. Rodrigo levantó el puño. Los cinco se dispersaron sin que el brazo terminara de subir. Mateo se pegó a un portal derruido, el resto contra la pared.
Jaime de Cuéllar, ancho como un buey y de igual elocuencia, apoyó la maza contra el suelo despacio, sin hacer ruido. Se colocó a la espalda de Rodrigo cubriendo la retaguardia. Jaime siempre cubría lo que nadie le pedía, no concebía otra forma de estar en un sitio.
Los ojos de Rodrigo se alzaron hacia los tejados. Entre dos almenas quebradas creyó advertir movimiento.
—Sombras a la izquierda —dijo Rodrigo, con los ojos puestos en las almenas—. Diego, atento. Miguel, rodilla en tierra. No disparéis hasta que yo lo ordene.
El silbido llegó sin dar tiempo a obedecer. Una saeta descendió y se clavó con un golpe seco en la rodela de Hernando, otra levantó chispas en la piedra a medio palmo de la bota de Miguel.

Una tercera, que nadie había visto venir porque llegaba de un ángulo distinto al de las otras dos, silbó entre Jaime y Rodrigo y fue a incrustarse en el quicio de una puerta a dos varas con el astil todavía vibrando. Tres dedos más a la derecha y habría entrado por el costado de Jaime como una lezna en cuero mojado. Rodrigo registró el ángulo sin girar la cabeza. Dos posiciones de tiro, no una.
Jaime miró el astil que temblaba en la madera. Lo examinó un momento, calibrándolo con los pulgares como si tasara madera en un mercado, y luego lo partió en dos con las manos. Sin esfuerzo. Dejó los trozos caer al suelo sin comentario.
—Podría haberos atravesado —dijo Miguel. La voz le salió rota.
—Podría no es lo mismo —respondió Jaime—. Cuando lo sea, ya no podrá importarme.
Rodrigo envainó la espada y descolgó el arcabuz del hombro.
—Ahora —dijo a Miguel.
El muchacho prendió la mecha del arcabuz de Rodrigo con dedos torpes. Rodrigo alzó el cañón, apuntó a la silueta recortada sobre el fondo rojizo y disparó. El estampido rebotó entre los muros estrechos sin encontrar salida. La figura se dobló sobre sí misma y desapareció tras la almena. Un desplome sin aviso, las piernas cediendo sin que el cuerpo supiera por qué, y desde abajo solo se vio la oscilación de las ropas por encima del sillar antes de que la quietud lo cubriese todo. De la segunda posición no llegó respuesta. Quien ocupase aquel ángulo había visto caer al compañero y no volvió a dar señales.
La humareda blanca se arremolinó en torno a ellos. Rodrigo la aspiró, notó el escozor conocido en la garganta, y habló sin que la voz se le quebrara.
—Avanzad pegados a la pared y no miréis el fuego, buscad al que dispara.
Cruzaron el tramo expuesto bajo una lluvia dispersa de proyectiles. Un fragmento de teja cayó y le golpeó el hombro a Mateo de lleno. Gruñó entre dientes y no se detuvo. El estruendo de las bombardas marcaba el ritmo del asedio, y cada impacto contra la muralla principal hacía vibrar el suelo y desprendía polvo de las juntas de los sillares.
Rodrigo conocía aquella parte de la ciudad por informes y croquis trazados a la luz de una vela en el campamento. Sabía que el tramo oriental presentaba fisuras visibles. Su misión oficial era reconocer el estado de la brecha y retirarse antes de comprometer fuerzas. Nada más.
Llegaron a una pequeña plazuela donde una fuente octogonal yacía rota. El agua brotaba aún débilmente de una grieta y se mezclaba con ceniza y sangre formando un reguero oscuro. Rodrigo se arrodilló, tocó el suelo húmedo y frotó la humedad entre los dedos. Olía a hierro húmedo y frío.
—Han pasado por aquí hace menos de media hora —dijo.
—¿Cuántos? —preguntó Hernando.
—Suficientes para creer que nos aguardan.
Se incorporó y avanzó hasta el arco que daba acceso directo a la muralla interior. Allí, entre el humo y el resplandor rojizo del fuego, la vio. La grieta vertical que hendía el lienzo de piedra desde la base hasta el adarve, no brecha abierta pero sí herida profunda, con la argamasa alrededor desmoronándose en polvo pálido bajo su propio peso.
A Rodrigo se le apretó el pulso. No era miedo.
—Mirad bien —dijo a sus hombres—. La argamasa está cediendo. Las bombardas han hecho su oficio.
Mateo frunció el ceño.
—Pero la orden era observar y volver.
Rodrigo no respondió. Recorrió la grieta despacio, calculando por dónde cargaba el peso y por dónde empezaría a ceder. No era ingeniero, pero había visto caer suficientes muros para saber por dónde empezaban a quejarse antes de partirse.
Una explosión cercana sacudió el arco bajo el que se protegían. Polvo y fragmentos descendieron sobre sus hombros.
—Señor, esto se viene abajo —dijo Miguel, y se atragantó con la última sílaba.
Rodrigo lo miró.
—Tú aguanta, Miguel. El arco no es asunto tuyo.
Desde lo alto de la muralla, unos ojos los seguían. Yusuf al-Hakim tenía la frente alta y la paciencia estratégica más alta aún, y se inclinó levemente sobre el parapeto. No le quedaba nada que perder. A su lado, Hamid ibn Faray callaba.
—¿Ordenamos hostigarles con más flechas? —preguntó Hamid en árabe.
Yusuf negó con lentitud.
—Ese no es un alférez ordinario —dijo sin apartar los ojos—. Mira cómo examina la piedra. Esperemos a ver hasta dónde llega.
Abajo, Rodrigo sintió, sin razón que pudiese nombrar, el peso de una mirada sobre la nuca. Alzó la vista. Solo vio sombras y humo.
El viento cambió de dirección y empujó el humo hacia la plazuela, envolviéndolos en una bruma acre que raspaba la garganta y cerraba los párpados por instinto. Rodrigo se cubrió la boca con el antebrazo y retrocedió dos pasos hasta quedar bajo el amparo del arco.
—No permanecerán quietos —dijo Rodrigo en voz baja—. Si han visto nuestra posición, intentarán rechazarnos para que no informemos.
—Entonces cumplamos la orden y volvamos —insistió Mateo—. No somos más que seis.
Rodrigo no contestó de inmediato. Desde la grieta en la muralla le llegaba el sonido inconfundible de madera arrastrándose sobre piedra, de martillos apresurados, de hombres reforzando la grieta a destajo. Los defensores trabajaban deprisa.
Rodrigo escuchó los martillos un instante más. Luego apartó los ojos de la grieta y los puso en sus hombres.
Diego le tocó el hombro sin darle tiempo a pronunciar palabra. Un gesto corto, dos dedos, hacia la retaguardia. Rodrigo giró con la espada en alto y los hombres se abrieron en abanico contra las paredes, apuntando al callejón por donde habían venido. Mateo se plantó delante de Miguel y le empujó el cañón del arcabuz hacia abajo con la palma abierta. No dispares hasta saber a qué.
Los pasos resonaron en la calle. Firmes, regulares, sin intención de ocultarse. Un destello de acero entre la bruma, luego la silueta.
Rodrigo bajó la espada.
—Es Montijo —dijo.
Mateo no bajó la suya hasta verlo con sus propios ojos.
El capitán Alonso de Montijo emergió del humo con cuatro soldados detrás y la cara larga tiznada de hollín. Tenía los ojos claros encendidos, la mandíbula adelantada y las manos lejos de la empuñadura, sin necesitar la espada para imponer lo que venía a decir. Se plantó bajo el arco, miró a los cinco hombres de Rodrigo apostados contra las paredes y después la calle a sus espaldas, calculando el terreno que habían recorrido más allá de la posición asignada.
—¿Qué hacéis aún aquí, Salazar? —La pregunta cortó el aire como un filo romo—. Se os ordenó reconocer y regresar al campamento.
Rodrigo inclinó la cabeza lo justo.
—Mi capitán, hemos confirmado la grieta en el tramo oriental. Es más profunda de lo que indicaban los informes. Si se presiona ahora, podría ceder por completo.
Montijo no dijo nada de inmediato. Se acercó al borde del arco y examinó la muralla. La grieta era visible desde allí, recta de arriba abajo por todo el lienzo. La argamasa se desmoronaba y el apuntalamiento de los defensores asomaba por el borde superior, hecho con lo que había a mano, con la prisa de lo que no va a aguantar. Rodrigo lo vio mirarla. Lo vio evaluar lo que tenía delante con la mirada del soldado competente que Montijo era, porque Rodrigo nunca había dudado de su competencia. Solo de su voluntad.
El silencio entre ambos fue denso, atravesado solo por el tronar sordo y lejano de las bombardas.
—Las piezas mayores están destinadas a este sector al alba —dijo Montijo al fin—. No arriesgaré hombres en un arrebato nocturno.
Arrebato. Aquella palabra le escoció. Como si su juicio militar fuese un simple capricho.
—No hablo de arrebato, señor —respondió Rodrigo sin levantar la voz—. Hablo de oportunidad. Están reforzando la grieta ahora mismo. Si esperamos hasta el alba, perderemos la ventaja que la artillería nos ha concedido.
—La ventaja la decido yo, no vos.
—La ventaja la están perdiendo ellos esta noche, mi capitán. Mañana ya no será nuestra.
Montijo cerró la boca con fuerza. Le sostuvo la mirada a Rodrigo más tiempo del necesario. Al final tragó saliva y apretó la mandíbula.
—¿Me enseñáis mi oficio? —Montijo avanzó medio paso.
—Jamás, señor. Solo cumplo con el deber de informar lo que mis ojos ven.
Ninguno de los presentes intervino. Detrás de Rodrigo, Diego seguía con los ojos en la grieta, midiendo el ritmo de los martillos al otro lado del muro. Mateo tenía la mano en la empuñadura y los dientes apretados sobre lo que no iba a decir.
Rodrigo había sido educado en la obediencia a la jerarquía. Sabía que la disciplina sostenía ejércitos y evitaba el caos. Pero también sabía, porque lo había visto en Loja y en Íllora, cuántos cuerpos se quedaban en el suelo por unos instantes de duda.
«¿Y si me equivoco?»
Montijo habló de nuevo, cortando el recuerdo.
—Retirada inmediata. No quiero más bajas inútiles esta noche.
Rodrigo asintió… y en ese mismo instante un bloque de madera fue izado sobre lo alto del muro y encajado con prisa en la grieta. El golpe seco fue inequívoco.
—Apuntalan —dijo Diego sin apartar los ojos de la grieta—. Si refuerzan el interior, mañana necesitaremos el doble de fuego para quebrarlo.
Montijo vaciló apenas un segundo. Fue suficiente.
—He dado una orden —dijo. La voz no subió. No hacía falta.
Aquella frase no dejó resquicio. Rodrigo comprendió que la decisión, si se tomaba, sería exclusivamente suya. Miró a sus hombres. Vio miedo, sí, pero también manos apretadas sobre las armas y pies orientados hacia la brecha.
—Diego —su voz cortó el humo—, cubre la izquierda. Miguel, prepara fuego. Jaime, trae la maza.
Montijo dio un paso adelante.
—¡Rodrigo de Salazar! Eso es insubordinación.
Rodrigo no apartó los ojos.
—Es responsabilidad, mi capitán.
Y salió del amparo del arco y avanzó hacia la base de la muralla.
Durante un latido eterno, Rodrigo esperó la orden de arresto. No llegó. A sus espaldas, sonó la voz de Montijo.
—Maldita sea. Seguidlos. Y que Dios nos juzgue a todos —escupió Montijo entre dientes.
Los soldados del capitán corrieron tras Rodrigo.
Desde lo alto de la muralla, Yusuf siguió el avance.
—Ha desobedecido —dijo sin quitarle ojo al castellano.
—Eso lo hace peligroso —respondió Hamid.
—O valioso —replicó Yusuf—. Ese, al otro lado del muro, acaba de desobedecer al suyo y de tomar la grieta. Tú quédate aquí y observa, Hamid. Si caigo, quiero que alguien recuerde lo que vio.
Abajo, Rodrigo alcanzó la grieta. La piedra estaba caliente por los impactos recientes. La argamasa se deshacía entre los dedos, seca y sin trabazón.
Los soldados de Montijo habían traído cuatro arcabuces. Rodrigo los distribuyó en abanico frente a la grieta, con Miguel y Diego cubriendo el adarve.
—Disparad a todo el que asome por encima del lienzo —ordenó.
Los arcabuces tronaron. Dos defensores que intentaban asegurar el apuntalamiento cayeron hacia el interior del muro.
Jaime descargó el primer golpe de maza. El impacto resonó entre los sillares haciendo vibrar la piedra bajo sus pies, polvo y fragmentos saltaron en todas direcciones.
Desde lo alto comenzaron a caer piedras y aceite hirviendo.
Un barril golpeó el suelo a un paso de Hernando y reventó con el estallido sordo de la madera que cede de golpe bajo el impacto. El aceite se abrió en abanico desde el punto de impacto, hacia todas las direcciones a la vez, el líquido pesado y oscuro extendiéndose por las losas con la velocidad de algo que ha estado bajo presión y encuentra salida de golpe.
Hernando tenía la rodela alzada sobre la cabeza, resguardándose de las piedras que caían del adarve, y el aceite le buscó el brazo por debajo del borde. Le alcanzó el antebrazo izquierdo desde la muñeca hasta el codo.
El grito fue animal, arrancado por el cuerpo sin que la voluntad pudiera suprimirlo, y le siguió otro, más largo y más ronco, el que sale cuando el dolor todavía está subiendo y el cuerpo no sabe cuánto queda por llegar. Hernando apretó los dientes hasta que le crujió la mandíbula y el siguiente se quedó dentro, convertido en un gemido sordo que le salía por la nariz con cada respiración. La piel se contrajo primero y al instante se levantó en una ampolla larga que le tomaba todo el antebrazo, pálida y tensa como cuero puesto a secar demasiado rápido. El borde de la quemadura era irregular, más oscuro donde el aceite había llegado primero y con más temperatura, más rosado donde había llegado ya enfriándose, y en el frío de la noche, del tejido dañado subía un vaho fino y acre, el calor del cuerpo escapando por donde ya no había piel que lo retuviera.
Hernando bajó los ojos al brazo y midió cuánto le quedaba útil del codo a la muñeca. El cuerpo le dosificaba el dolor en plazos que permitían seguir de pie. La cara no se le movía porque no podía permitirse moverse. Lo elevó, comprobó que los dedos respondían —respondían, aunque con la rigidez nueva de los tendones que el calor había tocado por encima— y siguió sosteniendo la espada con la mano buena.
—Hernando —dijo Rodrigo.
—Funciona —respondió sin apartar los ojos del frente.
El aceite que había quedado en el suelo ardía todavía en charcos pequeños e irregulares, azul en los bordes y amarillo en el centro, y la luz que daban era insuficiente y caprichosa, iluminando las caras desde abajo con una claridad que hacía los rasgos irreconocibles. El olor era el de la grasa animal quemada mezclado con algo más dulce y más difícil de nombrar que venía del propio brazo de Hernando y que Rodrigo reconoció sin querer reconocerlo.
Siguieron avanzando.
El calor le rozó la nuca a Rodrigo. Cada segundo aumentaba la probabilidad de que un contingente mayor descendiese sobre ellos. Pensó en el consejo de guerra, en la humillación pública, en la posibilidad de perder nombre y honra. Luego lo apartó.
Mientras Jaime descargaba golpe tras golpe, Rodrigo recargó el arcabuz sin mirar las manos. Pólvora, baqueta, pelota, cebar la cazoleta. La mecha seguía viva.
—¡Otra vez! —ordenó Rodrigo.
Jaime golpeó con furia redoblada. Un bloque se movió. Diego disparó de nuevo, cubriendo la parte superior.
Miguel recargó el arcabuz y Diego tensó otra flecha a cubierto, mientras el polvo de los sillares les caía encima.
La muralla crujió.
Un crujido hondo. Parte del lienzo cedió. La grieta se abrió lo suficiente para permitir el paso de un hombre. Montijo se apostó a un lado de la brecha con sus hombres, cubriendo el acceso desde fuera.
Rodrigo no dudó.
—¡Conmigo!
Y fue el primero en internarse en la herida de piedra.